A la generala le vinieron a la cabeza unos soldados de vigía en los árboles de un
campamento ya no sé si en Eslavonia o Pomerania, y de cómo consiguieron, avistando a
los enemigos, evitar una emboscada. Este recuerdo, repentinamente, de desalentada que
estaba por ansia de madre, la llevó de nuevo a su clima militar favorito, y, como si hubiese
conseguido por fin dar con la razón del comportamiento de su hijo, se tornó más tranquila
y casi altiva. Nadie le prestó oídos, salvo el abate Fauchelafleur, que asintió con gravedad
al relato bélico y al paralelo que mi madre extraía de él, porque se habría agarrado a
cualquier razonamiento con tal de encontrar natural aquello que estaba sucediendo y
sacar de su cabeza responsabilidades y preocupaciones.
Después de cenar, en casa nos íbamos a dormir pronto, y no cambiamos de horario ni
esa noche. Nuestros padres estaban decididos a no dar ya a Cósimo la satisfacción de
hacerle caso, esperando que el cansancio, la incomodidad y el frío de la noche lo
desanidaran. Cada uno subió a sus aposentos y en la fachada de la casa las velas
encendidas abrían ojos de oro en el recuadro de las ventanas. Qué nostalgia, qué
recuerdo de calor debía dar aquella casa tan conocida y cercana, a mi hermano que
pernoctaba al raso! Me asomé a la ventana de nuestra habitación, y adiviné su sombra
acurrucada en una cavidad de la encina, entre una rama y el tronco, envuelta en la manta,
y - creo - atada con muchas vueltas de cuerda para no caerse.
La luna salió tarde y resplandecía sobre las ramas. En los nidos dormían los pájaros,
acurrucados como él, de noche, al aire libre, cien crujidos y ruidos lejanos atravesaban el
silencio del parque, y pasaba el viento. A veces llegaba un remoto bramido: el mar. Yo,
desde la ventana, aguzaba el oído a esta respiración desigual, y trataba de imaginarla
percibida sin el álveo familiar de la casa a la espalda, por quien se encontraba sólo a
pocos metros más allá, pero únicamente confiando en sí mismo, con sólo la noche
alrededor; y con el único objeto amigo al que poderse abrazar: un tronco de árbol con la
corteza áspera recorrido por diminutas galerías sin fin en donde dormían las larvas.
Me metí en la cama, pero no quise apagar la vela. Tal vez aquella luz en la ventana de
su habitación podía hacerle compañía. Teníamos una habitación para los dos, con dos
pequeñas camas aún de niños. Miraba la suya, intacta, y la oscuridad fuera de la ventana
en la que él estaba, y me revolvía entre las sábanas advirtiendo quizá por primera vez el
gusto de estar desvestido, con los pies desnudos, en una cama caliente y blanca, y como
sintiendo al mismo tiempo la incomodidad de él atado allá arriba con la manta áspera,
enfundadas las piernas en las polainas, sin poder darse la vuelta, con los huesos molidos.
Es un sentimiento que ya no me ha abandonado desde esa noche, la conciencia de la
suerte que es tener una cama: sábanas limpias, colchón blando... Con este sentimiento
mis ideas, proyectadas durante tantas horas sobre la persona que era objeto de todas
nuestras angustias, acudieron a encerrarse de nuevo en mí y de este modo me dormí.
IV
Yo no sé si será cierto eso que se lee en los libros, que en la antigüedad un mono que
hubiese salido de Roma saltando de un árbol a otro podía llegar a España sin tocar nunca
el suelo. En mis tiempos lugares tan espesos de árboles sólo había el golfo de Ombrosa,
de una punta a otra, y su valle hasta la cresta de los montes; y por eso nuestra tierra era
conocida por doquier.
Ahora, ya no se la reconoce, a esta comarca. Se empezó cuando vinieron los
franceses, a arrasar bosques como si fueran prados que se siegan todos los años y luego
vuelven a crecer. Parecía cosa de la guerra, de Napoleón, de aquella época; en cambio
ya no cesó. Las lomas están tan desnudas que el mirarlas, a nosotros que las
conocíamos de antes, nos causa impresión.