campesinos apoyaban ya las escaleras en los cerezos y subían precedidos por las púas
afiladas de los horcones.
Pasaron algunos minutos antes de que Cósimo comprendiera que estar asustado
porque estaba asustada aquella banda de vagabundos no tenía sentido, como tampoco lo
tenía la idea de que ellos fuesen tan avispados y él no. El que se quedaran allí como unos
tontos ya era una prueba: ¿qué esperaban para escapar a los árboles de en torno? Mi
hermano podía marcharse del mismo modo que había llegado hasta allí: se encasquetó el
tricornio en la cabeza, buscó la rama que le había servido de puente, pasó del último
cerezo a un algarrobo, del algarrobo balanceándose se dejó caer sobre un ciruelo, y así
sucesivamente. Los otros, al verlo andar por las ramas como Pedro por su casa,
comprendieron que debían ir detrás de él sin tardar, si no, antes de encontrar su propio
camino, quién sabe cuánto habrían padecido; y lo siguieron callados, a gatas por aquel
itinerario tortuoso. Él mientras tanto, subiendo por una higuera, saltaba el cercado del
campo, se descargaba sobre un melocotonero, de ramas tan tiernas que había que pasar
por él de uno en uno. El melocotonero sólo servía para agarrarse al tronco retorcido de un
olivo que asomaba por un muro; desde el olivo con un salto se llegaba a un roble que
alargaba un robusto brazo al otro lado del torrente, y podía pasarse a los árboles de allí.
Los hombres de las horcas, que ya creían en su poder a los ladrones de fruta, los
vieron escapar por el aire como pájaros. Los persiguieron, corriendo con los perros
ladradores, pero tuvieron que rodear el seto, luego el muro, además en aquella parte del
torrente no había puentes, y para encontrar un vado perdieron tiempo y los granujas ya
estaban lejos, corriendo.
Corrían como cristianos, con los pies en el suelo. Sobre las ramas sólo había quedado
mi hermano.
- ¿Dónde habrá ido a parar el pájaro solitario con polainas? - se preguntaban, al no
verlo delante. Alzaron la mirada: estaba allí, trepando por los olivos -. ¡Eh, tú, baja de ahí,
ya no nos pillan! - No bajó, saltó de fronda en fronda, de un olivo pasó a otro, desapareció
de la vista entre las espesas hojas plateadas.
La pandilla de pequeños vagabundos, con los sacos por capucha y blandiendo cañas,
asaltaba ahora unos cerezos en el fondo del valle. Trabajaban metódicamente,
despojando una rama tras otra, cuando, en la cima del árbol más alto, encaramado con
las piernas cruzadas, arrancando con dos dedos los rabos de las cerezas y metiéndolas
en el tricornio puesto sobre las rodillas, ¿a quién vieron? ¡Al chico de las polainas!
«Eh, ¿de dónde sales?» le preguntaron, arrogantes. Pero se sentían incómodos porque
parecía que hubiese llegado hasta allí volando.
Mi hermano cogía ahora una a una las cerezas del tricornio y se las llevaba a la boca
como si fueran bombones. Luego escupía los huesos dando un resoplido, poniendo
atención en no mancharse el chaleco.
- Ese finolis - dijo uno -, ¿qué pretende de nosotros? ¿Por qué se nos pone delante de
las narices?
- Pero estaban un poco intimidados, porque habían comprendido que en los árboles se
desenvolvía mejor que todos ellos.
- Entre estos finolis - dijo otro -, de vez en cuando nace por equivocación uno como
Dios manda: ya veis la Sinforosa...
Al oír este nombre misterioso, Cósimo aguzó las orejas y, sin saber por qué, enrojeció.
- ¡La Sinforosa nos ha traicionado! - dijo otro.
- Pero para ser una finolis también ella era como Dios manda, y si hubiese estado aún
para tocar el cuerno esta mañana no nos habrían cogido.
- También un finolis puede quedarse con nosotros, claro, si quiere ser de los nuestros.