- ¿Y no podéis continuar esta caza en vuestro espacioso parque, queridos señores? -
dijo el marqués de Ondariva apareciendo solemnemente en la escalinata de la villa, con
bata y papalina, lo que lo hacía extrañamente parecido al caballero abogado -. ¡Os lo digo
a vosotros, familia Piovasco de Rondó! - e hizo un amplio gesto circular que abarcaba al
baroncito en el árbol, al tío natural, a los criados y, al otro lado de la tapia, todo aquello
que era nuestro bajo el sol.
En ese momento, Enea Silvio Carrega cambió de tono. Caminó a pasos cortos hasta el
marqués y como si nada sucediese, farfullando, empezó a hablarle de los juegos de agua
del estanque de allí delante y de cómo se le había ocurrido la idea de un surtidor mucho
más alto y de efecto, que también podía servir, cambiando una arandela, para regar los
prados. Esta era otra prueba de cuán imprevisible y poco fiable era la naturaleza de
nuestro tío natural: había sido enviado allí por el barón con una misión muy concreta, y
con una intención de firme polémica respecto a los vecinos; ¿a qué venía ponerse a
charlar amistosamente con el marqués como si quisiera ganárselo? Tanto más cuanto
que estas cualidades de conversador el caballero abogado las demostraba sólo cuando le
venía en gana, precisamente en las ocasiones en que se confiaba en su carácter retraído.
Y lo bueno fue que el marqués le escuchó y le hizo preguntas y lo llevó consigo a
examinar todos los estanques y surtidores, ambos con aquellos balandranes tan largos,
altos casi lo mismo que era posible confundirlos, y detrás el tropel de sirvientes nuestros y
suyos, algunos con escaleras al hombro, los cuales ya no sabían qué hacer.
Mientras tanto, Cósimo saltaba tranquilamente por los árboles próximos a las ventanas
de la villa, tratando de descubrir tras los visillos la habitación en donde habían encerrado
a Viola. La descubrió, por fin, y lanzó una baya contra los cristales.
Se abrió la ventana, apareció el rostro de la muchachita rubia y dijo:
- Por tu culpa estoy aquí encerrada - volvió a cerrar, corrió la cortina.
Cósimo de repente se desesperó.
Cuando mi hermano era presa de su furia, había realmente motivos para inquietarse.
Lo veíamos correr (si la palabra correr tiene sentido sacada de la superficie terrestre,
referida a un mundo de apoyos irregulares a distintas alturas, con el vacío por en medio) y
parecía como si de un momento a otro tuviesen que fallarle los pies y caerse, cosa que
nunca ocurrió. Saltaba, daba pasos rapidísimos sobre una rama oblicua, se colgaba y
levantaba de golpe a una rama superior, y con cuatro o cinco de estos precarios zigzags
había desaparecido.
¿Adónde iba? Aquella vez corrió y corrió, de los alerces a los olivos y las hayas, y
estuvo en el bosque. Se detuvo jadeante. Debajo de él se extendía un prado. El viento
bajo movía en él una ola, por las matas espesas, con cambiantes gradaciones de verde.
Volaban impalpables plumas de las esferas de esas flores llamadas molinillos. En medio
había un pino aislado, inalcanzable, con pinas alargadas. Los agateadores, unos pájaros
de color marrón moteado muy rápidos, se posaban en las espesas frondas de agujas, en
punta, en posiciones extravagantes, algunos invertidos con la cola arriba y el pico abajo, y
picoteaban orugas y piñones.
Aquella necesidad de entrar en un elemento que difícilmente podría ser poseído, la cual
había empujado a mi hermano a hacer suyos los caminos de los árboles, ahora,
insatisfecha, trabajaba todavía en su interior, y le comunicaba el deseo de una
penetración más minuciosa, de una relación que lo atase a cada hoja y escama y pluma y
aleteo. Era ese amor que tiene el cazador por lo que está vivo y no sabe expresarlo más
que apuntando con el fusil; Cósimo todavía no lo sabía reconocer y trataba de
desahogarlo ensañándose en su exploración.
El bosque era espeso, impracticable. Cósimo tenía que abrirse camino a golpes de
espadín, y poco a poco olvidaba todas sus manías, presa de los problemas que
sucesivamente se iba encontrando y de un miedo (que no quería reconocer pero que
existía) de estar alejándose demasiado de los lugares familiares. Así, abriéndose paso en