vez y ahora sabe el padecimiento que es vencer, y sabe que ya está comprometido a
continuar por el camino elegido y no se le permitirá la salida del que fracasa.
Así lo vi llegar entre los árboles, todo ensangrentado hasta en el chaleco, la coleta
deshecha bajo el tricornio deformado, y sostenía por la cola aquel gato salvaje muerto que
ahora parecía únicamente un gato.
Corrí hacia la generala, a la terraza.
- Señora madre - grité -, ¡está herido!
- Was? ¿Herido cómo? - y ya apuntaba el anteojo.
- ¡Herido que parece un herido! - dije yo, y la generala pareció encontrar pertinente mi
definición, porque siguiéndolo con el anteojo mientras saltaba más rápido que nunca, dijo
-: Das stimmt.
Enseguida se apresuró a preparar gasas y ungüentos y bálsamos como si tuviera que
abastecer la ambulancia de un batallón, y me lo dio todo a mí, para que se lo llevara, sin
que ni siquiera le asomara la esperanza de que él, al tenerse que curar, se decidiera a
volver a casa. Yo, con el paquete de las vendas, corrí al parque y me puse a esperarlo
sobre la última morera próxima a la tapia de los de Ondariva, porque ya había
desaparecido por entre la magnolia.
En el jardín de los de Ondariva apareció triunfante con el animal muerto en la mano. ¿Y
qué vio en el claro ante la villa? Una carroza a punto de marcharse, con los criados que
cargaban el equipaje en la imperial, y, en medio de un tropel de institutrices y tías de
negro y severísimas, a Viola vestida de viaje que abrazaba al marqués y la marquesa.
- ¡Viola! - gritó, y alzó el gato por la cola -. ¿Adónde vas?
Toda la gente de alrededor de la carroza alzó la mirada a las ramas y al verlo,
desgarrado, ensangrentado, con aquel aire de loco, con aquella bestia muerta en la mano,
hicieron un gesto de espanto. «Ici de nouveau! Et arrangé de quelle façon!-», y como
presas de una furia todas las tías empujaban a la niña hacia la carroza.
Viola se volvió con la nariz hacia arriba, y con aire de despecho, un despecho aburrido
y afectado contra sus parientes pero que también podría ser contra Cósimo, soltó (sin
duda respondiendo a su pregunta): «¡Me mandan al colegio!», y se volvió para subir a la
carroza. No había condescendido a una mirada, ni para él ni para su caza.
Ya estaba cerrada la portezuela, el cochero estaba en el pescante, y Cósimo que
todavía no podía admitir aquella partida, trató de llamar la atención de ella, de darle a
entender que le dedicaba aquella cruenta victoria, pero no supo explicarse más que
gritándole: «¡He vencido a un gato!»
El látigo chasqueó, la carroza entre el ondear de los pañuelos de las tías arrancó y
desde la portezuela se oyó un: «¡Estupendo!» de Viola, no se supo si de entusiasmo o de
burla.
Este fue su adiós. Y en Cósimo, la tensión, el dolor de los arañazos, la desilusión de no
obtener gloria por su gesta, la desesperación por aquella imprevista separación, todo se le
agolpó y prorrumpió en un llanto feroz, lleno de gritos y chillidos y ramitas arrancadas.
- Hors d'ici! Hors d'ici! Polisson sauvage! Hors de notre jardin! - injuriaban las tías, y
todos los sirvientes de los de Ondariva acudían con largos palos o tirando piedras para
echarlo.
Cósimo lanzó el gato muerto a la cara de quien estaba debajo, sollozando y gritando.
Los criados levantaron el animal por la cola y lo arrojaron a un estercolero.
Cuando supe que nuestra vecina se había marchado, casi esperé que Cósimo bajaría.
No sé por qué, ligaba a ella, o también a ella, la decisión de mi hermano de quedarse
sobre los árboles.
En cambio ni siquiera se habló de ello. Subí yo a llevarle vendas y ungüentos, y se curó
él solo los arañazos del rostro y los brazos. Luego quiso un sedal con un gancho. Lo
utilizó para recobrar, desde lo alto de un olivo que sobresalía sobre el estercolero de los