forma de fez, como usaban entonces en sus gabinetes de estudio muchos nobles y
burgueses; sólo que él en el estudio a decir verdad no estaba casi nunca, y se le empezó
a ver vestido así también fuera, en el campo. Acabó por presentarse también a la mesa al
modo turco, y lo más raro fue que nuestro padre, tan escrupuloso con las reglas, aparentó
tolerárselo.
A pesar de sus funciones de administrador, el caballero abogado casi que nunca
conversaba con mayordomos o aparceros o arrendatarios, dada su naturaleza tímida y las
dificultades con el habla; y todas las ocupaciones prácticas, el dar órdenes, el estar
encima de la gente, recaían siempre en realidad sobre nuestro padre. Enea Silvio Carrega
llevaba los libros de cuentas, y no sé si nuestros asuntos iban tan mal por la manera en
que él llevaba las cuentas, o si sus cuentas salían tan mal por la manera en que iban
nuestros asuntos. Y luego hacía cálculos y dibujos de instalaciones de irrigación, y llenaba
de líneas y cifras una gran pizarra, con palabras en escritura turca. De vez en cuando
nuestro padre se encerraba con él en el estudio durante horas (eran las más largas
permanencias que el caballero abogado realizaba allí), y al poco rato desde la puerta
cerrada llegaba la voz airada del barón, los acentos ondeantes de una disputa, pero la voz
del caballero casi que no se hacía notar. Después se abría la puerta, el caballero abogado
salía con sus pasitos rápidos entre las faldas de la cimarra; el fez tieso en la coronilla,
tomaba por una puerta-ventana y se alejaba por el parque y la campiña. «¡Enea Silvio!
¡Enea Silvio!», gritaba nuestro padre corriéndole detrás, pero el hermanastro estaba ya
entre las hileras de la viña, o en medio de los limoneros, y se veía sólo el fez rojo avanzar
obstinado entre las hojas. Nuestro padre lo perseguía llamándolo; al cabo de poco los
veíamos regresar, el barón siempre discutiendo, extendiendo los brazos, y el caballero
pequeño cerca de él, encorvado, con los puños apretados en los bolsillos de la cimarra.
VIII
Por aquellos días, Cósimo desafiaba a menudo a la gente que estaba en tierra,
desafíos de puntería, de destreza, quizá para probar sus posibilidades, todo lo que
conseguía hacer allá arriba. Desafió a los granujas al tejo. Estaban en aquellos parajes
cerca de Porta Cápperi, entre las barracas de los pobres y los vagabundos. Desde un
acebo medio seco y desnudo, Cósimo estaba jugando al tejo, cuando vio acercarse un
hombre a caballo, alto, un poco encorvado, envuelto en una capa negra. Reconoció a su
padre. La granujería se dispersó; desde las entradas de las chozas las mujeres miraban.
El barón Arminio cabalgó hasta debajo del árbol. Era un atardecer rojo. Cósimo estaba
entre las ramas desnudas. Se miraron a la cara. Era la primera vez, desde la comida de
los caracoles, que se encontraban así, cara a cara. Habían pasado muchos días, las
cosas habían cambiado, uno y otro sabían que ya no se trataba de caracoles, ni de la
obediencia de los hijos o la autoridad de los padres; que todas las cosas lógicas y
sensatas que podían decirse estarían fuera de lugar; con todo algo tenían que decir.
- ¡Dais un hermoso espectáculo, vos! - comenzó el padre, amargamente -. ¡Y muy
digno de un gentilhombre! - (Lo había tratado de vos, como acostumbraba en las
reprensiones más graves, pero ahora ese hábito tuvo un sentido de alejamiento, de
despego.)
- Un gentilhombre, señor padre, lo es tanto estando en el suelo como estando en las
copas de los árboles - respondió Cósimo, y enseguida añadió -: Si se comporta
rectamente.
- Una buena sentencia - admitió gravemente el barón -, aunque, hace poco, estabais
robando ciruelas a un arrendatario.