Era verdad. Le había pillado. ¿Qué debía responder? Sonrió, pero sin altanería ni
cinismo: con una sonrisa de timidez, y enrojeció.
También el padre sonrió, con una sonrisa triste, y quién sabe por qué también él
enrojeció.
- Ahora os juntáis con los peores bastardos y pordioseros - dijo luego.
- No, señor padre, yo estoy por mi cuenta, y cada uno por la suya - dijo Cósimo, firme.
- Os invito a bajar al suelo - dijo el barón, con voz calmosa, casi apagada - y a recobrar
los deberes de vuestro estado.
- No pienso obedeceros, señor padre - dijo Cósimo -, y me duele.
Estaban incómodos los dos, hastiados. Cada uno sabía lo que el otro iba a decir.
- Pero ¿y vuestros estudios? ¿Y vuestras devociones de cristiano? - dijo el padre -.
¿Pensáis crecer como un salvaje de las Américas?
Cósimo calló. Eran pensamientos que todavía no se había planteado y no tenía ganas
de plantearse. Luego dijo:
- ¿Por estar unos metros más arriba creéis que no me llegarán buenas enseñanzas?
También ésta era una respuesta hábil, pero era ya como una disminución del alcance
de su gesto: signo de debilidad, pues.
Lo advirtió el padre y se volvió más apremiante:
- La rebelión no se mide por metros - dijo -.Incluso cuando parece de pocos palmos, un
viaje puede quedar sin retorno.
Ahora mi hermano habría podido dar otra respuesta noble, tal vez una máxima latina,
que ahora no me viene ninguna a la cabeza, pero entonces sabíamos muchas de
memoria. En cambio se había aburrido de estar allí con aquel aire solemne; sacó la
lengua y gritó:
- ¡Pero yo desde los árboles meo más lejos! - frase sin mucho sentido, pero que
cortaba de golpe la discusión.
Como si hubiesen oído aquella frase, se alzó un griterío de granujas en torno a Porta
Cápperi. El caballo del barón de Rondó dio un salto, el barón apretó las riendas y se
envolvió en la capa, como para irse. Pero se volvió, sacó un brazo de la capa y señalando
al cielo que se había cargado rápidamente de nubes negras, exclamó:
- ¡Cuidado, hijo, hay Quien puede mear sobre todos nosotros! - y se alejó.
La lluvia, esperada desde hacía tiempo en el campo, empezó a caer con gruesas
gotas. Entre las chozas se desparramó una estampida de granujas encapuchados con
sacos, que cantaban: «Ciêuve! Ciêuve! L'aiga va pe êuve!» Cósimo desapareció
agarrándose a las hojas ya chorreantes que al tocarlas le derramaban gotas de agua en la
cabeza.
En cuanto me di cuenta de que llovía sentí pena por él. Me lo imaginaba empapado,
mientras se apretaba contra un tronco sin conseguir evitar el aguacero oblicuo. Y ya sabía
que no bastaría un temporal para hacerlo regresar. Corrí hacia nuestra madre:
- ¡Llueve! ¿Qué hará Cósimo, señora madre? La generala apartó el visillo y miró llover.
Estaba tranquila.
- El peor inconveniente de las lluvias es el terreno fangoso. Estando allá arriba
permanece inmune a eso.
- ¿Pero bastarán los árboles para guarecerlo?
- Se retirará a sus acampamientos.
- ¿A cuáles, señora madre?
- Habrá pensado en prepararlos con tiempo.
- ¿Y no creéis que haría bien en buscarlo para darle un paraguas?
Como si la palabra «paraguas» de repente la hubiese arrancado de su puesto de
observación de campo y devuelto a las plenas preocupaciones maternas, la generala
empezó a decir: