- Quería decir si es amiga tuya, si juegas con ella.
- A veces sí y a veces no.
- ¿Por qué a veces no?
- Porque o no quiero yo o no quiere ella.
- Y aquí arriba, a ella aquí arriba, ¿la dejarías subir?
Cósimo, sombrío el rostro, trataba de extender una estera puesta encima de una rama.
- Si viniera, la dejaría subir - dijo con gravedad.
- ¿Ella no quiere?
Cósimo se echó tendido en el suelo.
- Se ha marchado.
- Dime - dije en voz baja -, ¿sois novios?
- No - respondió mi hermano, y se encerró en un largo silencio.
Al día siguiente hacía buen tiempo y se decidió que Cósimo reanudaría las clases con
el abate Fauchelafleur. No se dijo cómo. Simplemente y un poco bruscamente, el barón
invitó al abate («En lugar de estar ahí mirando las moscas, l'Abbé...») a ir a buscar a mi
hermano adonde se encontraba y hacerle traducir algo de Virgilio. Después temió haber
puesto al abate en un aprieto excesivo y trató de facilitarle su tarea; me dijo: «Ve a decirle
a tu hermano que esté en el jardín dentro de media hora para la clase de latín.» Lo dijo
con el tono más natural que pudo, el tono que quería adoptar de ahora en adelante: con
Cósimo en los árboles todo debía continuar como antes.
Así que se dio la clase. Mi hermano sentado a horcajadas sobre una rama de olmo, las
piernas colgantes, y el abate debajo, en la hierba, sentado en un taburete, repitiendo a
coro hexámetros. Yo jugaba por allí y durante un rato los perdí de vista; cuando regresé
también el abate estaba en el árbol; con sus largas y flacas piernas dentro de las medias
negras trataba de izarse sobre una horqueta, y Cósimo lo ayudaba sosteniéndole por un
codo. Encontraron una posición cómoda para el viejo, y juntos acabaron un fragmento
difícil, inclinados sobre el libro. Mi hermano parecía dar prueba de gran prontitud.
Después no sé cómo ocurrió, cómo el alumno escapó, quizá porque el abate allí arriba
se había distraído y se había quedado embobado mirando el vacío como era su
costumbre, el hecho es que acurrucado entre las ramas estaba sólo el viejo cura negro,
con el libro sobre las rodillas, y miraba volar una mariposa blanca y la seguía con la boca
abierta.
Cuando la mariposa desapareció, el abate se dio cuenta de que estaba allí en la cima,
y le entró miedo. Se abrazó al tronco, empezó a gritar: «Au secours! Au secours!», hasta
que vino gente con una escalera y poco a poco se tranquilizó y bajó.
IX
En fin, Cósimo, con toda su famosa fuga, vivía junto a nosotros casi como antes. Era
un solitario que no evitaba a la gente. Al contrario, se habría dicho que sólo la gente le
importaba. Se dirigía a los sitios donde había campesinos que cavaban, que esparcían
estiércol, que segaban los prados, y lanzaba palabras corteses de saludo. Ellos alzaban la
cabeza asombrados y él trataba de mostrarles enseguida dónde estaba, porque ya se le
había pasado la costumbre, que tanto habíamos practicado cuando íbamos juntos por los
árboles antes, de hacer cucú y bromear con la gente que pasaba por debajo. Al comienzo
los campesinos, al verlo salvar tales distancias por las ramas, no entendían, no sabían si
saludarlo quitándose el sombrero como se hace con los señores o gritarle como a un
granuja. Luego se acostumbraron e intercambiaban con él palabras sobre las labores, el
tiempo, y aparentaban incluso valorar su juego de estar allá arriba, ni mejor ni peor que
otros muchos juegos que veían practicar a los señores.