por encontrar el hilo de olor perdido para buscarlo bien, mientras el ímpetu se perdía y
alguno ya aprovechaba para echar una meadita contra una piedra.
De este modo el pachón, jadeante, con su trote con el hocico alto injustificadamente
triunfal, los alcanzó. Lanzaba, siempre injustificadamente, gañidos de astucia: «¡Uai!,
¡Uai!»
Enseguida los sabuesos, «¡Aurrrch!», le gruñeron, dejaron por un momento la
búsqueda del olor de zorro y se dirigieron hacia él, abriendo bocas de mordisco:
«¡Gggrr!». Luego, rápidos, volvieron a desinteresarse y echaron a correr.
Cósimo seguía al pachón, que daba pasos al azar por allí alrededor, y el pachón,
oscilando con la nariz distraída, vio al muchacho en el árbol y meneó la cola. Cósimo
estaba convencido de que el zorro todavía estaba escondido por allí. Los sabuesos
habíanse desbandado, de vez en cuando se los oía pasar por los collados cercanos con
un ladrido entrecortado e inmotivado, azuzados por las voces sofocadas e incitantes de
los cazadores. Cósimo le dijo al pachón: «¡Venga! ¡Venga! ¡Busca!»
El perro joven se lanzó a olfatear, a veces se volvía para mirar al muchacho. «¡Venga!
¡Venga!»
Ahora ya no lo veía. Oyó algo entre los matorrales, luego, de improviso: «¡Auauauaaa!
¡Yaí, yaí yaí!» ¡Había levantado el zorro!
Cósimo vio al animal correr por el prado. Pero ¿se podía disparar contra un zorro
levantado por un perro ajeno? Cósimo lo dejó pasar y no disparó. El pachón alzó el hocico
hacia él, con la mirada de los perros cuando no entienden y no saben que pueden tener
razón al no entender, y se volvió a lanzar con el hocico bajo, detrás del zorro.
- ¡Yaí, yaí, yaí! - le hizo dar toda una vuelta. Ahora volvía. ¿Podía disparar o no podía
disparar? No disparó. El pachón miró hacia arriba con ojos afligidos. Ya no ladraba; la
lengua le colgaba más que las orejas, estaba agotado, pero seguía corriendo.
Aquel jaleo había desorientado a sabuesos y cazadores. Por el sendero corría un viejo
con un pesado arcabuz.
- ¡Eh! - le dijo Cósimo -, ¿ese pachón es vuestro?
- ¡Iros al diablo tú y tus parientes! - gritó el viejo, que debía de estar de malas -. ¿Te
parecemos tipos como para cazar con pachones?
- Entonces, a lo que le eche el ojo, yo le disparo - insistió Cósimo, que quería a toda
costa cumplir las reglas.
- ¡Como si le quieres disparar a los santos que están en la gloria! - le respondió el otro,
y se alejó corriendo.
El pachón volvió a llevarle el zorro. Cósimo disparó y le dio. El pachón fue su perro; le
puso de nombre Óptimo Máximo.
Óptimo Máximo era un perro de nadie, que se había unido a la manada de sabuesos
por pasión juvenil. Pero ¿de dónde venía? Para descubrirlo, Cósimo se dejó guiar por él.
El pachón, a ras del suelo, atravesaba setos y fosos; luego se volvía para ver si el
muchacho de arriba conseguía seguir su camino. Tan desacostumbrado era este itinerario
que Cósimo no se dio cuenta de momento adonde habían llegado. Cuando lo supo, el
corazón le latió con fuerza: era el jardín de los marqueses de Ondariva.
La villa estaba cerrada, las persianas atrancadas; sólo una, en un tragaluz, batía al
viento. El jardín, abandonado, sin cuidar, tenía más que nunca aquel aspecto de selva de
otro mundo. Y por las alamedas ya invadidas por la hierba, y por los parterres llenos de
maleza, Óptimo Máximo se movía feliz, como por su casa, y perseguía a las mariposas.
Desapareció en una mata. Regresó con una cinta en la boca. A Cósimo el corazón le
latió aún más fuerte.
- ¿Qué es, Óptimo Máximo? ¿Eh? ¿De quién es? Dime!
Óptimo Máximo meneaba la cola.
- ¡Trae aquí, trae, Óptimo Máximo!