de enfrente, de modo que los esbirros levantaron enseguida la cabeza en aquella
dirección sin ponerse a mirar a los árboles de en torno.
- Buenos días, Señoría - dijeron -, ¿por casualidad no habréis visto correr al bandido
Gian dei Brughi?
- Quién era no lo sé - respondió Cósimo -, pero si buscáis a un hombrecito que corría,
ha tomado por ahí, hacia el torrente...
- ¿Un hombrecito? Es un hombre terrible, que inspira miedo...
- Bueno, desde aquí parecéis todos pequeños...
- ¡Gracias, Señoría! - y tiraron hacia el torrente.
Cósimo volvió al nogal y siguió con la lectura del Gil Blas. Gian dei Brughi todavía
estaba abrazado a la rama, pálido entre los cabellos y la barba hirsutos y rojos como los
mismos brezos, con hojas secas, erizos de castaña y agujas de pino enredados en ellos.
Escrutaba a Cósimo con dos ojos verdes, redondos y turbados; feo, era feo.
- ¿Se han ido? - se decidió a preguntar.
- Sí, sí - dijo Cósimo, afable -. ¿Es usted el bandido Gian dei Brughi?
- ¿Cómo me conoce?
- Ah, pues, por la fama.
- ¿Y usted es el que nunca baja de los árboles?
- Sí. ¿Cómo lo sabe?
- Bueno, también yo, la fama corre.
Se miraron con amabilidad, como dos personas importantes que se encuentran por
casualidad y están contentas de no ser desconocidas la una para la otra.
Cósimo no sabía que más podía decir, y se puso de nuevo a leer.
- ¿Qué lee?
- El Gil Blas, de Lesage.
- ¿Es bonito?
- Pues sí.
- ¿Le falta mucho para terminarlo?
- ¿Por qué? Bueno, unas veinte páginas.
- Porque cuando lo termine quisiera pedirle que me lo prestara - sonrió, algo confundido
-. ¿Sabe?, me paso los días escondido, nunca se sabe qué hacer. Si tuviera un libro de
vez en cuando, digo. Una vez detuve una carroza, poca cosa, pero había un libro y lo
cogí. Me lo llevé, escondido bajo la casaca; habría dado todo el resto del botín, con tal de
quedarme aquel libro. Por la noche, enciendo la linterna, me dispongo a leer..., ¡estaba en
latín! No entendía ni una palabra... - Sacudió la cabeza -. Ya ve, yo el latín no lo sé...
- Bueno, el latín, caray, es difícil - dijo Cósimo, y sintió que a pesar suyo estaba
tomando un aire protector -. Este está en francés...
- Francés, toscano, provenzal, castellano, los entiendo todos - dijo Gian dei Brughi -. Un
poco también el catalán: Bon dia! Bona nit! Está la mar molt alborotada.
En media hora Cósimo terminó el libro y se lo prestó a Gian dei Brughi.
Así empezaron a relacionarse mi hermano y el bandido. En cuanto Gian dei Brughi
había terminado un libro, corría a devolvérselo a Cósimo, tomaba en préstamo otro,
escapaba a esconderse a su refugio secreto, y se hundía en la lectura.
A Cósimo los libros se los proporcionaba yo de la biblioteca de casa, y cuando los
había leído me los volvía a dar. Ahora empezó a quedárselos más tiempo, porque una vez
leídos se los pasaba a Gian dei Brughi, y a menudo volvían con las encuadernaciones
despellejadas, con manchas de moho, babas de caracoles, porque quién sabe dónde los
tenía el bandido.
En días preestablecidos, Cósimo y Gian dei Brughi se daban cita sobre un determinado
árbol, se intercambiaban el libro y se separaban, ya que el bosque estaba siempre batido
por los esbirros. Esto tan simple era muy peligroso para ambos; incluso para mi hermano,
que desde luego no habría podido justificar su amistad con aquel criminal. Pero a Gian dei