por las pedradas y golpes de pala. Cósimo, todavía encaramado al árbol de la barca,
miraba triunfante alrededor, cuando de la gruta salió disparado, furioso como un gato con
fuego en la cola, el caballero abogado, que había estado escondido allí hasta entonces.
Corrió por la playa con la cabeza gacha, dio un empujón a la barca separándola de la
orilla, saltó a ella y agarrando los remos se puso a moverlos con todas sus fuerzas,
bogando mar adentro.
- ¡Caballero! ¿Qué hacéis? ¿Estáis loco? - decía Cósimo agarrado a la verga -. ¡Volved
a la orilla! ¿Adónde vamos?
Pero nada. Estaba claro que Enea Silvio Carrega quería llegar hasta las naves piratas
para ponerse a salvo. Ahora su felonía estaba irremediablemente descubierta y si se
quedaba en la orilla acabaría sin duda en el patíbulo. De modo que remaba y remaba, y
Cósimo, aunque todavía se hallaba con la espada desenvainada en la mano y el viejo
estaba desarmado y era débil, no sabía qué hacer. En el fondo, ser violento con su tío le
disgustaba, y además para alcanzarlo habría tenido que bajar del palo, y la pregunta de si
bajar a una barca equivalía a bajar al suelo o de si ya no había derogado sus leyes
interiores al saltar de un árbol con raíces a un árbol de nave, era demasiado complicada
para formulársela en ese momento. O sea que no hacía nada; se había acomodado en la
verga, una pierna a un lado y otra al otro del palo, y se alejaba sobre las olas, mientras un
leve viento henchía la vela, y el viejo no dejaba de remar.
Oyó un ladrido. Tuvo un estremecimiento de gozo. El perro Óptimo Máximo, al que
durante la batalla había perdido de vista, estaba allí acurrucado en el fondo de la barca, y
meneaba el rabo como si nada ocurriese. Luego, pues, reflexionó Cósimo, no había por
qué desanimarse tanto: estaba en familia, con su tío, con su perro, iba en barca, lo que
después de tantos años de vida arbórea era una distracción placentera.
Había luna en el mar. El viejo estaba ya cansado. Remaba con dificultad, y lloraba, y
empezó a decir:
- Ah, Zaira... Ah, Alá, Alá, Zaira... Ah, Zaira, inshallah... - o sea que, inexplicablemente,
hablaba en turco, y repetía y repetía entre sollozos este nombre de mujer, que Cósimo
nunca había oído.
- ¿Qué decís, caballero? ¿Qué os pasa? ¿Adónde vamos? - preguntaba.
- Zaira... Ah, Zaira... Alá, Alá - se quejaba el viejo.
- ¿Quién es Zaira, caballero? ¿Os creéis que vais junto a Zaira por aquí?
Y Enea Silvio Carrega decía que sí con la cabeza, y hablaba turco entre lágrimas, y le
gritaba a la luna ese nombre.
Sobre esta Zaira, la mente de Cósimo empezó enseguida a cavilar. Quizá estaba a
punto de desvelársele el secreto más profundo de aquel hombre esquivo y misterioso. Si
el caballero, al dirigirse a la nave pirata, pretendía alcanzar a esta Zaira, debía pues
tratarse de una mujer que estaba allá, en aquellos países otomanos. Quizá toda su vida
había estado dominada por la nostalgia de esta mujer, quizá era ella la imagen de
felicidad perdida que él perseguía criando abejas o proyectando canales. Quizá era una
amante, una esposa que había tenido allá abajo, en los jardines de aquellos países de
ultramar, o, más verosímilmente, una hija, una hija suya que no veía desde niña. A fin de
dar con ella debía haber intentado durante años relacionarse con alguna de las naves
turcas o moriscas que iban a parar a nuestros puertos, y finalmente debían haberle dado
noticias suyas. Quizá había sabido que era esclava, y para rescatarla le habían propuesto
informarles sobre los viajes de las tartanas de Ombrosa. O bien era el precio que tenía
que pagar para ser admitido entre ellos y embarcarse para el país de Zaira.
Ahora, desenmascarada su intriga, se veía constreñido a huir de Ombrosa, y aquellos
berberiscos ya no podían negarse a llevarlo consigo y conducirlo junto a ella. En sus
palabras jadeantes y entrecortadas se mezclaban acentos de esperanza, de súplica, e
incluso de miedo: miedo de que todavía no fuese ésta la ocasión, de que todavía alguna
desgracia tuviera que separarlo del ser querido.