- Vos andáis sobre los árboles mejor que ningún otro, aquí.
- Ya andaba de niña: en Granada teníamos grandes árboles en el patio.
- ¿Sabríais coger aquella rosa? - En lo alto de un árbol había florecido una rosa
trepadora.
- Lástima: no.
- Bueno, os la cogeré yo. - Se dirigió allí, volvió con la rosa. Úrsula sonrió y adelantó las
manos.
- Quiero ponérosla yo mismo. Decidme dónde.
- En la cabeza, gracias - y acompañó la mano de él.
- Ahora decidme: ¿sabríais - Cósimo preguntó - llegar hasta aquel almendro?
- ¿Cómo se puede? - rió -. No sé volar.
- Esperad - y Cósimo sacó un lazo -. Si os dejáis atar a esta cuerda, yo os traslado
hasta allí.
- No... Tengo miedo - pero reía.
- Es mi sistema. Viajo con él desde hace años, haciéndolo todo solo.
- ¡Madre mía!
La transportó allá. Luego fue él. Era un almendro tierno y no muy grande. Estaban muy
juntos. Úrsula estaba todavía jadeante y roja por aquel vuelo.
- ¿Asustada?
- No. - Pero el corazón le latía con fuerza.
- La rosa no se ha perdido - dijo él y la tocó para ajustársela.
Así, apretados en el árbol, a cada gesto se iban abrazando.
- ¡Huy! - dijo ella, y, primero él, se besaron.
Así empezó el amor, el muchacho feliz y turbado, ella feliz y nada sorprendida (a las
muchachas nada les ocurre por casualidad). Era el amor tan esperado por Cósimo y
ahora inesperadamente llegado, y tan hermoso que no comprendía cómo era posible
imaginárselo hermoso antes. Y de su hermosura lo más nuevo era el ser tan simple, y al
muchacho en ese momento le parece que tenga que ser siempre así.
XVIII
Florecieron los melocotoneros, los almendros, los cerezos. Cósimo y Úrsula pasaban
juntos los días sobre los árboles floridos. La primavera coloreaba de alegría incluso la
fúnebre proximidad de la parentela.
En la colonia de los exiliados mi hermano enseguida supo hacerse útil, enseñando las
distintas formas de pasar de un árbol a otro y animando a aquellas nobles familias a salir
de su habitual compostura para practicar un poco de ejercicio. Lanzó también puentes de
cuerda, que permitían a los exiliados más viejos intercambiarse visitas. Y así, en casi un
año de permanencia entre los españoles, dotó a la colonia de muchos enseres inventados
por él: depósitos de agua, hornillos, sacos de piel para dormir dentro. El deseo de realizar
nuevos inventos lo llevaba a secundar las usanzas de estos hidalgos incluso cuando no
estaban de acuerdo con las ideas de sus autores preferidos: así, viendo el deseo de
aquellas pías personas de confesarse regularmente, cavó dentro de un tronco un
confesionario, dentro del cual podía meterse el enjuto don Sulpicio y desde una ventanilla
con cortina y reja escuchar sus pecados.
La pura pasión de las innovaciones técnicas, en suma, no era suficiente para salvarlo
del respeto a las normas vigentes; se precisaban las ideas. Cósimo escribió al librero
Orbecche para que desde Ombrosa le remitiese por el correo a Olivabassa los volúmenes
llegados entretanto. De este modo pudo hacerle leer a Úrsula Pablo y Virginia y La Nueva
Eloísa.