Ahora una más atrevida se asomaba a la ventana como para ver qué ocurría, todavía
caliente de la cama, el pecho descubierto, los cabellos sueltos, la risa blanca entre los
fuertes labios abiertos, y se desarrollaban estos diálogos.
- ¿Quién es? ¿Un gato?
- Es hombre, es hombre.
- ¿Un hombre que maúlla?
- Ah, suspiro.
- ¿Por qué? ¿Qué te falta?
- Me falta lo que tienes tú.
- ¿El qué?
- Ven aquí y te lo digo...
Nunca tuvo desplantes de los hombres, o venganzas, señal - me parece - de que no
constituía un gran peligro. Sólo una vez, misteriosamente, fue herido. Se difundió la
noticia una mañana. El cirujano de Ombrosa tuvo que trepar al nogal donde él estaba
quejándose. Tenía una pierna llena de perdigones de fusil, de los pequeños, para
gorriones: hubo que sacárselos uno por uno con las pinzas. Le hizo daño, pero pronto se
curó. Nunca se supo exactamente cómo había ocurrido; él dijo que se le había escapado
un tiro inadvertidamente, saltando de una rama.
Convaleciente, inmóvil en el nogal, profundizaba en sus estudios más serios. Comenzó
en esa época a escribir un Proyecto de Constitución de un Estado ideal fundado sobre los
árboles, en el que describía la imaginaria República de Arbórea, habitada por hombres
justos.
Lo comenzó como un tratado sobre las leyes y los gobiernos, pero al escribir su
inclinación de inventor de historias complicadas fue despertándose y salió un borrador de
aventuras, duelos e historias eróticas, insertas, estas últimas, en un capítulo sobre el
derecho matrimonial. El epílogo del libro habría debido ser éste: el autor, habiendo
fundado el Estado perfecto en lo alto de los árboles y convencido a toda la humanidad de
que se estableciera en ellos y viviera feliz, bajaba a habitar en la tierra, que se había
quedado desierta. Habría debido ser, pero la obra quedó inacabada. Le mandó un
resumen a Diderot, firmando simplemente: Cósimo Rondó, lector de la Enciclopedia.
Diderot se lo agradeció con una breve carta.
XX
De esa época no puedo decir gran cosa, porque se remonta a entonces mi primer viaje
por Europa. Había cumplido los veintiún años y podía gozar del patrimonio familiar como
mejor me agradara, porque a mi hermano le bastaba poco, y no mucho más necesitaba
nuestra madre, que, pobrecita, había ido envejeciendo mucho en los últimos años. Mi
hermano quería firmarme un documento de usufructuario de todos los bienes, con tal de
que le pasase una renta mensual, le pagase los impuestos y tuviese un poco en orden los
negocios. No tenía más que tomar la dirección de las posesiones, escoger una esposa, y
ya veía ante mí aquella vida ordenada y pacífica que a pesar de las grandes convulsiones
del cambio de siglo conseguí vivir realmente.
Pero, antes de empezar, me concedí un período de viajes. Fui incluso a París, a tiempo
para ver la triunfal acogida tributada a Voltaire, que regresaba después de muchos años
para la representación de una tragedia suya. Pero éstas no son las memorias de mi vida,
que no merecerían desde luego ser escritas; quería decir únicamente cómo me
sorprendió en todo este viaje la fama que se había difundido del hombre rampante de
Ombrosa, hasta en las naciones extranjeras. Incluso vi en un almanaque una figura con el
escrito debajo: «L'homme sauvage d'Ombreuse (Rép. Génoise). Vit seulement sur les
arbres.» Lo habían representado como un ser todo recubierto de vello, con una larga