- Ahora, ¿qué?
- Ahora que el duque ha muerto, ¿quién queréis que todavía se interese por el coto?
- Ah, de modo que ha muerto, no lo sabía.
- Está muerto y enterrado desde hace tres meses. Y hay un pleito entre los herederos
del primero y del segundo matrimonio y la viudita nueva.
- ¿Tenía una tercera esposa?
- Con la que se casó cuando tenía ochenta años, un año antes de morir, ella una
muchacha de veintiuno más o menos, os digo yo qué locuras, una esposa que no ha
estado junto a él ni siquiera un día, y sólo ahora empieza a visitar sus posesiones, y no le
gustan.
- ¿Cómo? ¿No le gustan?
- ¡Qué va! Se instala en un palacio, o en un feudo, llega allí con toda su corte, porque
siempre lleva detrás un tropel de galanteadores, y después de tres días todo lo encuentra
feo, triste, y se vuelve a marchar. Entonces aparecen los otros herederos, se arrojan
sobre esa finca, alardean de derechos. Y ella: «Ah, pues sí, quedáosla.» Ahora ha llegado
aquí, al pabellón de caza, pero ¿cuánto se quedará? Yo digo que poco.
- ¿Y dónde está el pabellón de caza?
- Ahí detrás del prado, entre las encinas.
- Mi perro entonces ha ido allá...
- Habrá ido en busca de huesos... Perdonadme, pero me parece que vuestra señoría lo
tiene un poco en ayunas - y estalló en carcajadas.
Cósimo no respondió, miraba el prado infranqueable, esperaba que el pachón
regresase.
No regresó en todo el día. A la mañana siguiente Cósimo estaba de nuevo sobre el
fresno, contemplando el prado, como si de la turbación que le provocaba no pudiese
prescindir.
Reapareció el pachón, hacia la noche, un puntito en el prado que sólo el ojo tan agudo
de Cósimo conseguía percibir, y fue avanzando, cada vez más visible.
- ¡Optimo Máximo! ¡Ven aquí! ¿Dónde has estado?
El perro se había detenido, meneaba la cola, miraba a su dueño, ladró, parecía incitarlo
a ir, a seguirlo, pero se daba cuenta de la distancia que él no podía atravesar, se volvía
hacia atrás, daba pasos inseguros, y, al final, se daba la vuelta.
- ¡Optimo Máximo! ¡Ven aquí! ¡Optimo Máximo! Pero el pachón se alejaba, desaparecía
en la lejanía, por el prado.
Más tarde pasaron dos monteros.
- ¡Seguís ahí esperando el perro, señoría! Pero lo he visto en el pabellón, en buenas
manos...
- ¿Cómo?
- Pues, sí, la marquesa, o sea la duquesa viuda (la llamamos marquesa porque era
marquesita de pequeña) le hacía muchas fiestas, como si siempre lo hubiese tenido
consigo. Es un perro muy melindroso, ése, con perdón, señoría. Ahora ha encontrado un
sitio blando y se queda en él...
Y los dos guardas se alejaban riéndose.
Óptimo Máximo no regresaba. Cósimo estaba todos los días en el fresno mirando el
prado como si en él pudiese leer algo que desde hacía tiempo lo consumía: la misma idea
de lejanía, de lo insaciable, de la espera que puede prolongarse más allá de la vida.
XXI
Un día, Cósimo miraba desde el fresno. Brilló el sol, un rayo corrió por el prado que de
verde guisante se volvió verde esmeralda. Allá abajo en lo negro del bosque de encinas