infancia, la nostalgia de Ombrosa. Y enseguida había preparado el traslado del pabellón
ducal para regresar a la vieja Villa de las plantas raras.
Viola había vuelto. Para Cósimo había empezado la época más hermosa, y también
para ella, que recorría los campos en su caballo blanco y apenas divisaba al barón entre
frondas y cielo se levantaba de la silla, trepaba por los troncos oblicuos y las ramas,
pronto casi tan diestra como él, y lo alcanzaba en todas partes.
- Oh, Viola, ya no sé, treparía no sé dónde...
- A mí - decía Viola, bajito, y él se ponía como loco.
El amor era para ella un ejercicio heroico: el placer se mezclaba con pruebas de osadía
y generosidad y entrega y tensión de todas las facultades de ánimo. El mundo de ellos
eran los árboles, los más intrincados y retorcidos e inaccesibles.
- ¡Allí! - exclamaba indicando una alta ahorcadura de ramas, y juntos se lanzaban a
alcanzarla y empezaba entre ellos una competición de acrobacias que culminaba en
nuevos abrazos. Se amaban suspendidos en el vacío, apoyándose o enganchándose en
las ramas, ella tirándose sobre él casi volando.
La obstinación amorosa de Viola se encontraba con la de Cósimo, y a veces chocaba
con ella. Cósimo huía de dilaciones, blanduras, perversidades refinadas; nada que no
fuese el amor natural le gustaba. Las virtudes republicanas estaban en el aire; se
preparaban épocas severas y licenciosas al mismo tiempo. Cósimo, amante insaciable,
era un estoico, un asceta, un puritano. En busca siempre de la felicidad amorosa, seguía
siendo, sin embargo, enemigo de la voluptuosidad. Llegaba a desconfiar del beso, de la
caricia, del halago verbal, de todo lo que ofuscase o pretendiese sustituir la salud de la
naturaleza. Era Viola, quien le había descubierto la plenitud; y con ella jamás conoció la
tristeza después del amor, predicada por los teólogos; más aún, sobre este tema escribió
una carta filosófica a Rousseau que, quizá turbado, no contestó.
Pero Viola era también mujer refinada, caprichosa, viciada, de sangre y alma católicas.
El amor de Cósimo le colmaba los sentidos, pero dejaba insatisfechas las fantasías. De
ahí, roces y recelosos resentimientos. Pero duraban poco, por lo variado de su vida y del
mundo que les rodeaba.
Cansados, buscaban sus refugios escondidos en los árboles de copa más tupida:
hamacas que envolvían sus cuerpos como una hoja abarquillada, o pabellones colgantes,
con cortinajes que volaban al viento, o yacijas de plumas. En estas disposiciones se
desplegaba el genio de doña Viola: dondequiera que se encontrase la marquesa tenía el
don de crear en torno suyo bienestar, lujo y una compleja comodidad; compleja a la vista,
pero que ella obtenía con milagrosa facilidad, porque cualquier cosa que ella quisiera
tenía que verla inmediatamente realizada a toda costa.
Sobre estas alcobas aéreas se ponían a cantar los petirrojos y entre las cortinas
entraban mariposas reales en pareja, persiguiéndose. En las tardes de verano, cuando el
sueño asaltaba a los dos amantes juntos, entraba una ardilla, buscando algo para roer, y
acariciaba sus rostros con la cola plumosa, o les mordía un pulgar. Cerraron con más
cuidado las cortinas, entonces: pero una familia de lirones se puso a roer el techo del
pabellón y les cayó encima.
Era la época en que iban descubriéndose, contándose sus vidas, interrogándose.
- ¿Y te sentías solo?
- Me faltabas tú.
- Pero ¿solo respecto al resto del mundo?
- No. ¿Por qué? Tenía siempre algo que hacer con otra gente: he cogido fruta, he
podado, he estudiado filosofía con el abate, me he peleado con los piratas. ¿No les ocurre
lo mismo a todos?
- Sólo tú eres así, por eso te amo.