Ahora era él quien se enfadaba.
- ¡No, no me amas! Quien ama quiere la felicidad, no el dolor.
- Quien ama quiere sólo el amor, aun a costa del dolor.
- Me haces sufrir adrede, entonces.
- Sí, para ver si me amas.
La filosofía del barón se negaba a ir más allá.
- El dolor es un estado negativo del alma.
- El amor lo es todo.
- Contra el dolor ha de lucharse siempre,
- El amor no se niega a nada.
- Hay cosas que no admitiré nunca.
- Sí que las admites, porque me amas y sufres.
Del mismo modo que las desesperaciones, eran clamorosas en Cósimo las explosiones
de alegría incontenible. A veces su felicidad llegaba a tal extremo que tenía que apartarse
de la amante e ir saltando y gritando y proclamando las maravillas de su dama.
- Yo quiero the most wonderful puellam de todo el mundo!
Aquellos que estaban sentados en los bancos de Ombrosa, desocupados y viejos
marineros, ya se habían acostumbrado a estas rápidas apariciones suyas. De pronto se le
descubría llegar a saltos por los acebos, y declamar:
Zu dir, zu dir, gunáika,
Vo cercando il mio ben,
En la isla de Jamaica,
Du soir jusqu'au matin!
O bien:
Il y a un pré where the grass grows toda de oro Take me away, take me away, che io ci
moro!
Y desaparecía.
Su estudio de las lenguas clásicas y modernas, aunque no muy profundo, le permitía
abandonarse a esta clamorosa predicación de sus sentimientos, y cuanto más agitado
estaba su ánimo por una intensa emoción, más oscuro se hacía su lenguaje. Se recuerda
una vez que, por el Santo Patrón, la gente de Ombrosa estaba congregada en la plaza y
había la cucaña y las guirnaldas y el estandarte. El barón apareció en lo alto de un
plátano y con uno de aquellos saltos de los que sólo su agilidad acrobática era capaz,
saltó al palo de la cucaña, trepó hasta arriba, gritó: «Qué viva die schöne Venus
Posterior!», se dejó resbalar por el palo enjabonado hasta casi el suelo, se detuvo, volvió
a subir raudo a lo alto, arrancó del trofeo un rosado y redondo queso, y con otro salto de
los suyos voló de nuevo al plátano y escapó, dejando estupefactos a los ombrosenses.
Nada como estas exuberancias hacía tan feliz a la marquesa; y la impulsaban a
restituírselas con manifestaciones de amor igualmente. Los de Ombrosa, cuando la veían
galopar a rienda suelta, el rostro casi hundido en la crin blanca del caballo, sabían que
corría a una cita con el barón. También al ir a caballo expresaba ella una fuerza amorosa,
pero aquí Cósimo no podía seguirla; y la pasión ecuestre de ella, aunque él la admirara
mucho, también era, sin embargo, para él un secreto motivo de celos y rencor, porque
veía a Viola dominar un mundo más vasto que el suyo, y comprendía que nunca podría
tenerla sólo para sí, encerrarla en los límites de su reino. La marquesa, por su parte, quizá
sufría por no poder ser al mismo tiempo amante y amazona; la asaltaba a veces una
confusa necesidad de que el amor de ella y Cósimo fuera amor a caballo, y correr por los
árboles ya no le bastaba, habría querido correr por ellos al galope en la silla de su corcel.