Pero doña Viola, más indignada que ellos, gritó hacia lo alto:
- ¡Bicho maligno y monstruoso! - y se lanzó por el tronco del castaño de Indias,
desapareciendo tan rápidamente de la vista de los dos oficiales que la creyeron tragada
por la tierra.
Entre las ramas, Viola se encontró frente a Cósimo. Se miraban con ojos llameantes, y
esta ira les daba una especie de pureza, como arcángeles. Parecían estar a punto de
despedazarse, cuando ella:
- ¡Oh, querido! - exclamó -. Así, así te quiero: ¡celoso, implacable! - Ya le había echado
los brazos al cuello, y se abrazaban, y Cósimo ya no se acordaba de nada.
Ella flotó entre sus brazos, apartó el rostro del suyo, como reflexionando y luego:
- Pero, también ellos dos, cuánto me aman, ¿has visto? Están dispuestos a
compartirme entre ellos...
Cósimo pareció lanzarse contra ella, luego trepó por las ramas, mordió las frondas, se
golpeó la cabeza contra el tronco:
- ¡Son dos gusanooos...!
Viola se había alejado de él con su rostro de estatua.
- Tienes mucho que aprender de ellos, - Se volvió, descendió veloz del árbol.
Los dos cortejantes, olvidando las pasadas contiendas, no habían encontrado otro
recurso que el de comenzar con paciencia a buscarse recíprocamente las púas. Doña
Viola los interrumpió.
- ¡Pronto! ¡Subid a mi carroza!
Desaparecieron detrás del pabellón. La carroza partió. Cósimo, en el castaño de Indias,
escondía el rostro entre las manos.
Comenzó una época de tormentos para Cósimo, pero también para los dos ex rivales.
Y para Viola, ¿podía llamársele una época de gozo? Yo creo que la marquesa
atormentaba a los demás sólo porque quería atormentarse. Los dos nobles oficiales
estaban siempre a sus pies, inseparables, bajo las ventanas de Viola, o invitados en su
salón, o en largas estadías solos en la posada. Ella los halagaba a ambos y les pedía en
competencia siempre nuevas pruebas de amor, a las que cada vez se declaraban
dispuestos, y ya no sólo estaban dispuestos a tenerla a medias cada uno, sino a
compartirla también con otros, y así, rodando por la pendiente de las concesiones ya no
podían detenerse, impulsados los dos por el deseo de conseguir por fin conmoverla de
este modo y obtener el mantenimiento de sus promesas, y al mismo tiempo
comprometidos por el pacto de solidaridad con el rival, y devorados por los celos y la
esperanza de suplantar al otro, y ahora también por la atracción de la oscura degradación
en la que se sentían hundir.
A cada nueva promesa arrancada a los oficiales de marina, Viola montaba a caballo e
iba a decírselo a Cósimo.
- Oye, ¿sabes que el inglés está dispuesto a esto y a lo otro... Y el napolitano
también...? - le gritaba, en cuanto lo veía tétricamente encaramado a un árbol.
Cósimo no contestaba.
- Esto es amor absoluto - insistía ella.
- ¡Unos cerdos absolutos, eso es lo que sois! - aullaba Cósimo, y desaparecía.
Este era el cruel modo que ahora tenían de amarse, y ya no encontraban cómo salir de
él. La nave almirante inglesa zarpaba.
- Vos os quedáis, ¿verdad? - dijo Viola a sir Osbert. Sir Osbert no se presentó a bordo;
fue declarado desertor. Por solidaridad y emulación, don Salvatore desertó también.
- ¡Ellos han desertado! - anuncio triunfalmente Viola a Cósimo -. ¡Por mí! Y tú...
- ¿Y yo? - aulló Cósimo, con una mirada tan feroz que Viola no dijo una palabra más.
Sir Osbert y Salvatore de San Cataldo, desertores de la marina de sus respectivas
majestades, pasaban los días en la posada jugando a los dados, pálidos, inquietos,