Albert Camus
El extranjero
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enterrada religiosamente. He tomado a mi cargo hacer lo necesario. Pero quería informar a usted.»
Le di las gracias. Mamá, sin ser atea, jamás había pensado en la religión mientras vivió.
Entré. Era una sala muy clara, blanqueada a la cal, con techo de vidrio. Estaba amueblada con
sillas y caballetes en forma de X. En el centro de la sala, dos caballetes sostenían un féretro
cerrado con la tapa. Sólo se veían los tornillos relucientes, hundidos apenas, destacándose sobre
las tapas pintadas de nogalina. Junto al féretro estaba una enfermera árabe, con blusa blanca y un
pañuelo de color vivo en la cabeza.
En ese momento el portero entró por detrás de mí. Debió de haber corrido. Tartamudeó un poco:
«La hemos tapado, pero voy a destornillar el cajón para que usted pueda verla.» Se aproximaba al
féretro cuando lo paré. Me dijo: «¿No quiere usted?» Respondí: «No.» Se detuvo, y yo estaba
molesto porque sentía que no debí haber dicho esto. Al cabo de un instante me miró y me
preguntó: «¿Por qué?», pero sin reproche, como si estuviera informándose. Dije: «No sé.»
Entonces, retorciendo el bigote blanco, declaró, sin mirarme: «Comprendo.» Tenía ojos hermosos,
azul claro, y la tez un poco roja. Me dio una silla y se sentó también, un poco a mis espaldas. La
enfermera se levantó y se dirigió hacia la salida. El portero me dijo: «Tiene un chancro.» Como no
comprendía, miré a la enfermera y vi que llevaba, por debajo de los ojos, una venda que le
rodeaba la cabeza. A la altura de la nariz la venda estaba chata. En su rostro sólo se veía la
blancura del vendaje.
Cuando hubo salido, el portero habló: «Lo voy a dejar solo.» No sé qué ademán hice, pero se
quedó, de pie detrás de mí. Su presencia a mis espaldas me molestaba. Llenaba la habitación una
hermosa luz de media tarde. Dos abejorros zumbaban contra el techo de vidrio. Y sentía que el
sueño se apoderaba de mí. Sin volverme hacia él, dije al portero: «¿Hace mucho tiempo que está
usted aquí?» Inmediatamente respondió: «Cinco años», como si hubiese estado esperando mi
pregunta.
Charló mucho en seguida. Se habría que dado muy asombrado si alguien le hubiera dicho que
acabaría de portero en el asilo de Marengo. Tenía sesenta y cuatro años y era parisiense. Le
interrumpí en ese momento: «¡Ah! ¿Usted no es de aquí?» Luego recordé que antes de llevarme a
ver al director me había hablado de mamá. Me había dicho que era necesario enterrarla cuanto
antes porque en la llanura hacía calor, sobre todo en esta región. Entonces me había informado
que había vivido en París y que le costaba mucho olvidarlo. En París se retiene al muerto tres, a
veces cuatro días. Aquí no hay tiempo; todavía no se ha hecho uno a la idea cuando hay que salir
corriendo detrás del coche fúnebre. Su mujer le había dicho: «Cállate, no son cosas para contarle
al señor.» El viejo había enrojecido y había pedido disculpas. Yo intervine para decir: «Pero no,
pero no...» Me pareció que lo que contaba era apropiado e interesante.
En el pequeño depósito me informó que había ingresado en el asilo como indigente. Como se
sentía válido, se había ofrecido para el puesto de portero. Le hice notar que en resumidas cuentas
era pensionista. Me dijo que no. Ya me había llamado la atención la manera que tenía de decir:
«ellos», «los otros» y, más raramente, «los viejos», al hablar de los pensionistas, algunos de los
cuales no tenían más edad que él. Pero, naturalmente, no era la misma cosa. El era portero y, en
cierta medida, tenía derechos sobre ellos.
La enfermera entró en ese momento. La tarde había caído bruscamente. La noche habíase
espesado muy rápidamente sobre el vidrio del techo. El portero oprimió el conmutador y quedé
cegado por el repentino resplandor de la luz. Me invitó a dirigirme al refectorio para cenar. Pero no
tenía hambre. Me ofreció entonces traerme una taza de café con leche. Como me gusta mucho el
café con leche, acepté, y un momento después regresó con una bandeja. Bebí. Tuve deseos de
fumar. Pero dudé, porque no sabía si podía hacerlo delante de mamá. Reflexioné. No tenía
importancia alguna. Ofrecí un cigarrillo al portero y fumamos.
En un momento dado, me dijo: «Sabe usted, los amigos de su señora madre van a venir a velarla
también. Es la costumbre. Tengo que ir a buscar sillas y café negro.» Le pregunté si se podía
apagar una de las lámparas. El resplandor de la luz contra las paredes blancas me fatigaba. Me
dijo que no era posible. La instalación estaba hecha así: o todo o nada. Después no le presté
mucha atención. Salió, volvió, dispuso las sillas. Sobre una de ellas apiló tazas en torno de una
cafetera. Luego se sentó enfrente de mí, del otro lado de mamá. También estaba la enfermera, en
el fondo, vuelta de espaldas. Yo no veía lo que hacía. Pero por el movimiento de los brazos me
pareció que tejía. La temperatura era agradable, el café me había recalentado y por la puerta
abierta entraba el aroma de la noche y de las flores. Creo que dormité un poco.