Albert Camus
El extranjero
14
V
Raimundo me telefoneó a la oficina. Me dijo que uno de sus amigos (a quien le había hablado de
mí) me invitaba a pasar el día del domingo en su cabañuela, cerca de Argel. Contesté que me
gustaría mucho ir, pero que había prometido dedicar el día a una amiga. Raimundo me dijo en
seguida que también la invitaba a ella. La mujer de su amigo se sentiría muy contenta de no
hallarse sola en medio de un grupo de hombres.
Quise cortar en seguida porque sé que al patrón no le gusta que nos telefoneen de afuera. Pero
Raimundo me pidió que esperase y me dijo que hubiera podido trasmitirme la invitación por la
noche, pero que quería advertirme de otra cosa. Había sido seguido todo el día por un grupo de
árabes entre los cuales se encontraba el hermano de su antigua amante. «Sí lo ves cerca de casa
avísame.» Dije que quedaba convenido.
Poco después el patrón me hizo llamar, y en el primer momento me sentí molesto porque pensé
que iba a decirme que telefoneara menos y trabajara más. Pero no era nada de eso. Me declaró
que iba a hablarme de un proyecto todavía muy vago. Quería solamente tener mi opinión sobre el
asunto. Tenía la intención de instalar una oficina en París que trataría directamente en esa plaza
sus asuntos con las grandes compañías, y quería saber si estaría dispuesto a ir. Ello me permitiría
vivir en París y también viajar una parte del año. «Usted es joven y me parece que es una vida que
debe de gustarle.» Dije que sí, pero que en el fondo me era indiferente. Me preguntó entonces si
no me interesaba un cambio de vida. Respondí que nunca se cambia de vida, que en todo caso
todas valían igual y que la mía aquí no me disgustaba en absoluto. Se mostró descontento, me dijo
que siempre respondía con evasivas, que no tenía ambición y que eso era desastroso en los
negocios.
Volví a mi trabajo. Hubiera preferido no desagradarle, pero no veía razón para cambiar de vida.
Pensándolo bien, no me sentía desgraciado. Cuando era estudiante había tenido muchas
ambiciones de ese género. Pero cuando debí abandonar los estudios comprendí muy rápidamente
que no tenían importancia real.
María vino a buscarme por la tarde y me preguntó si quería casarme con ella. Dije que me era
indiferente y que podríamos hacerlo si lo quería. Entonces quiso saber si la amaba. Contesté como
ya lo había hecho otra vez: que no significaba nada, pero que sin duda no la amaba. «¿Por qué,
entonces, casarte conmigo?», dijo. Le expliqué que no tenía ninguna importancia y que si lo
deseaba podíamos casarnos. Por otra parte era ella quien lo pedía y yo me contentaba con decir
que sí. Observó entonces que el matrimonio era una cosa grave. Respondí: «No.» Calló un
momento y me miró en silencio. Luego volvió a hablar. Quería saber simplemente si habría
aceptado la misma proposición hecha por otra mujer a la que estuviera ligado de la misma manera.
Dije: «Naturalmente.» Se preguntó entonces a sí misma si me quería, y yo, yo no podía saber nada
sobre este punto. Tras otro momento de silencio murmuró que yo era extraño, que sin duda me
amaba por eso mismo, pero que quizá un día le repugnaría por las mismas razones. Como callara
sin tener nada que agregar, me tomó sonriente del brazo y declaró que quería casarse conmigo.
Respondí que lo haríamos cuando quisiera. Le hablé entonces de la proposición del patrón, y
María me dijo que le gustaría conocer París. Le dije que había vivido allí en otro tiempo y me
preguntó cómo era. Le dije: «Es sucio. Hay palomas y patios oscuros. La gente tiene la piel
blanca.»
Luego caminamos y cruzamos la ciudad por las calles importantes. Las mujeres estaban
hermosas y pregunté a María si lo notaba. Me dijo que sí y que me comprendía. Luego no
hablamos más. Quería sin embargo que se quedara conmigo y le dije que podíamos cenar juntos
en el restaurante de Celeste. A ella le agradaba mucho, pero tenía que hacer. Estábamos cerca de
mi casa y le dije adiós. Me miró: «¿No quieres saber qué tengo que hacer?» Quería de veras
saberlo, pero no había pensado en ello, y era lo que parecía reprocharme. Se echó a reír ante mi
aspecto cohibido y se acercó con todo el cuerpo para ofrecerme la boca. Cené en el restaurante
de Celeste. Había comenzado a comer cuando entró una extraña mujercita que me preguntó si