Albert Camus
El extranjero
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podía sentarse a mi mesa. Naturalmente que podía. Tenía ademanes bruscos y ojos brillantes en
una pequeña cara de manzana. Se quitó la chaqueta, se sentó y consultó febrilmente la lista.
Llamó a Celeste y pidió inmediatamente todos los platos con voz a la vez precisa y precipitada.
Mientras esperaba los entremeses, abrió el bolso, sacó un cuadradito de papel y un lápiz, calculó
de antemano la cuenta, luego extrajo de un bolsillo la suma exacta, aumentada con la propina, y la
puso delante de sí. En ese momento le trajeron los entremeses, que devoró a toda velocidad.
Mientras esperaba el plato siguiente sacó además del bolso un lápiz azul y una revista que
publicaba los programas radiofónicos de la semana. Con mucho cuidado señaló una por una casi
todas las audiciones. Como la revista tenía una docena de páginas continuó minuciosamente este
trabajo durante toda la comida. Yo había terminado ya y ella seguía señalando con la misma
aplicación. Luego se levantó, se volvió a poner la chaqueta con los mismos movimientos precisos
de autómata y se marchó. Como no tenía nada que hacer, salí también y la seguí un momento. Se
había colocado en el cordón de la acera y con rapidez y seguridad increíbles seguía su camino sin
desviarse ni volverse. Acabé por perderla de vista y volver sobre mis pasos. Me pareció una mujer
extraña, pero la olvidé bastante pronto.
Encontré al viejo Salamano en el umbral de mi puerta. Le hice entrar y me enteró de que el perro
estaba perdido, puesto que no se hallaba en la perrera. Los empleados le habían dicho que quizá
lo hubieran aplastado. Había preguntado si no era posible que en las comisarías lo supiesen. Se le
había respondido que no se llevaba cuenta de tales cosas porque ocurrían todos los días. Le dije
al viejo Salamano que podría tener otro perro, pero me hizo notar con razón que estaba
acostumbrado a éste.
Yo estaba acurrucado en mi cama y Salamano se había sentado en una silla delante de la mesa.
Estaba enfrente de mí y apoyaba las dos manos en las rodillas. Tenía puesto el viejo sombrero.
Mascullaba frases incompletas bajo el bigote amarillento. Me fastidiaba un poco, pero no tenía
nada que hacer y no sentía sueño. Por decir algo le interrogué sobre el perro. Me dijo que lo tenía
desde la muerte de su mujer. Se había casado bastante tarde. En su juventud tuvo intención de
dedicarse al teatro; en el regimiento representaba en las zarzuelas militares. Pero había entrado
finalmente en los ferrocarriles y no lo lamentaba porque ahora tenía un pequeño retiro. No había
sido feliz con su mujer, pero, en conjunto, se había acostumbrado a ella. Cuando murió se había
sentido muy solo. Entonces había pedido un perro a un camarada del taller y había recibido aquél,
apenas recién nacido. Había tenido que alimentarlo con mamadera. Pero como un perro vive
menos que un hombre habían concluido por ser viejos al mismo tiempo.
«Tenía mal carácter», me dijo Salamano. «De vez en cuando nos tomábamos del pico. Pero a
pesar de todo era un buen perro.» Dije que era de buena raza y Salamano se mostró satisfecho.
«Y eso», agregó, «que usted no lo conoció antes de la enfermedad. El pelo era lo mejor que
tenía.» Todas las tardes y todas las mañanas, desde que el perro tuvo aquella enfermedad de la
piel, Salamano le ponía una pomada. Pero según él su verdadera enfermedad era la vejez, y la
vejez no se cura.
Bostecé y el viejo me anunció que iba a marcharse. Le dije que podía quedarse y que lamentaba
lo que había sucedido al perro. Me lo agradeció. Me dijo que mamá quería mucho al perro. Al
referirse a ella la llamaba «su pobre madre». Suponía que debía de sentirme muy desgraciado
desde que mamá murió, pero no respondí nada. Me dijo entonces, muy rápidamente y con aire
molesto, que sabía que en el barrio me habían juzgado mal porque había puesto a mi madre en el
asilo, pero él me conocía y sabía que quería mucho a mamá. Respondí, aún no sé por qué, que
hasta ese instante ignoraba que se me juzgase mal a este respecto, pero que el asilo me había
parecido una cosa natural desde que no tenía bastante dinero para cuidar a mamá. «Por otra
parte», agregué, «hacía mucho tiempo que no tenía nada que decirme y que se aburría sola.»
«Sí», me dijo, «y en el asilo por lo menos se hacen compañeros». Luego se disculpó. Quería
dormir. Su vida había cambiado ahora y no sabía exactamente qué iba a hacer. Por primera vez
desde que le conocía, me tendió la mano con gesto furtivo y sentí las escamas de su piel. Sonrió
levemente y antes de partir me dijo: «Espero que los perros no ladrarán esta noche. Siempre me
parece que es el mío.»