Albert Camus
El extranjero
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Segunda parte
I
Inmediatamente después de mi arresto fui interrogado varias veces. Pero se trataba de
interrogatorios de identificación que no duraron largo tiempo. La primera vez el asunto pareció no
interesar a nadie en la comisaría. Por el contrario, ocho días después el juez de instrucción me
miró con curiosidad. Pero me preguntó, para empezar, solamente mi nombre y dirección, mi
profesión, la fecha y el lugar de nacimiento. Luego quiso saber si había elegido abogado. Reconocí
que no, y simplemente por saber, le pregunté si era absolutamente necesario tener uno. «¿Por
qué?» dijo. Le contesté que encontraba el asunto muy simple. Sonrió y dijo: «Es una opinión. Sin
embargo, ahí está la ley. Si no elige usted abogado nosotros designaremos uno de oficio.» Me
pareció muy cómodo que la justicia se encargara de esos detalles. Se lo dije. Estuvo de acuerdo y
llegó a la conclusión de que la ley estaba bien hecha.
Al principio no le tomé en serio. Me recibió en una habitación cubierta de cortinajes; sobre el
escritorio había una sola lámpara que iluminaba el sillón donde me hizo sentar mientras él
quedaba en la oscuridad. Había leído una descripción semejante en los libros y todo me pareció un
juego. Después de nuestra conversación, por el contrario, le miré y vi un hombre de rasgos finos,
ojos azules hundidos, muy alto, con largos bigotes grises y abundantes cabellos casi blancos. Me
pareció muy razonable y simpático en resumen, a pesar de algunos tics nerviosos que le estiraban
la boca. Cuando salí, hasta iba a tenderle la mano, pero recordé a tiempo que había matado a un
hombre.
Al día siguiente un abogado vino a verme a la prisión. Era bajito y grueso, bastante joven, con los
cabellos cuidadosamente alisados. A pesar del calor (yo estaba en mangas de camisa) llevaba
traje oscuro, cuello palomita y una extraña corbata de gruesas rayas blancas y negras. Puso sobre
la cama la cartera que llevaba bajo el brazo, se presentó y me dijo que había estudiado el
expediente. El asunto era delicado, pero no dudaba del éxito si le tenía confianza. Le agradecí y
me dijo: «Vamos al grano.»
Se sentó en la cama y me explicó que habían tomado informes sobre mi vida privada. Se había
sabido que mi madre había muerto recientemente en el asilo. Se había hecho entonces una
investigación en Marengo. Los instructores se habían enterado de que «yo había dado pruebas de
insensibilidad» el día del entierro de mamá. «Usted comprenderá», me dijo el abogado, «me
molesta un poco tener que preguntarle esto. Pero es muy importante. Si no encuentro alguna
propuesta será un sólido argumento para la acusación». Quería que le ayudara. Me preguntó si
había sentido pena aquel día. Esta pregunta me sorprendió mucho y me parecía que me habría
sentido muy molesto si yo hubiera tenido que formularla. Sin embargo, respondí que había perdido
un poco la costumbre de interrogarme y que me era difícil informarle. Sin duda quería mucho a
mamá, pero eso no quería decir nada. Todos los seres normales habían deseado más o menos la
muerte de aquellos a quienes amaban. Aquí el abogado me interrumpió y pareció muy agitado. Me
hizo prometer que no diría tal cosa en la audiencia ni ante el juez instructor. Le expliqué que tenía
una naturaleza tal que las necesidades físicas alteraban a menudo mis sentimientos. El día del
entierro de mamá estaba muy cansado y tenía sueño, de manera que no me di cuenta de lo que
pasaba. Lo que podía afirmar con seguridad es que hubiera preferido que mamá no hubiese
muerto. Pero el abogado no pareció conforme. Me dijo: «Eso no es bastante.»
Reflexionó. Me preguntó si podía decir que aquel día había dominado mis sentimientos
naturales. Le dije: «No, porque es falso.» Me miró en forma extraña como si le inspirase un poco
de repugnancia. Me dijo casi malignamente que en cualquier caso el director y el personal del asilo
serían oídos como testigos y que «podía resultarme una muy mala jugada». Le hice notar que esa
historia no tenía relación con mi asunto, pero se limitó a responderme que era evidente que nunca
había estado en relaciones con la justicia.
Se fue con aire enfadado. Hubiese querido retenerle; explicarle que deseaba su simpatía, no
para ser defendido mejor, sino, si puedo decirlo, naturalmente. Me daba cuenta sobre todo de que