Albert Camus
El extranjero
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lo ponía en una situación incómoda. No me comprendía y estaba un poco resentido conmigo.
Sentía deseos de asegurarle que yo era como todo el mundo, absolutamente como todo el mundo.
Pero todo esto en el fondo no tenía gran utilidad y renuncié por pereza.
Poco después me condujeron nuevamente ante el juez de instrucción. Eran las dos de la tarde, y
esta vez el escritorio estaba lleno de luz apenas tamizada por una cortina de gasa. Hacía mucho
calor. Me hizo sentar y con suma cortesía me declaró que por «un contratiempo» mi abogado no
había podido venir. Pero tenía derecho de no contestar a sus preguntas y de esperar a que el
abogado pudiese asistirme. Dije que podía contestárselo. Apretó con el dedo un botón sobre la
mesa. Un joven escribiente vino a colocarse casi a mis espaldas.
Nos acomodamos ambos en los sillones. Comenzó el interrogatorio. Me dijo en primer término
que se me describía como un carácter taciturno y reservado y quiso saber cuál era mi opinión.
Respondí: «Nunca tengo gran cosa que decir. Por eso me callo.» Sonrió como la primera vez;
estuvo de acuerdo en que era la mejor de las razones, y agregó: «Por otra parte, esto no tiene
importancia alguna.» Se calló, me miró y se irguió bruscamente, diciéndome con rapidez: «Quien
me interesa es usted.» No comprendí bien qué quería decir con eso y no contesté nada. «Hay
cosas», agregó, «que no entiendo en su acto. Estoy seguro de que usted me ayudará a
comprenderlas.» Dije que todo era muy simple. Me apremió para que describiese el día. Le relaté
lo que ya le había contado, resumido para él: Raimundo, la playa, el baño, la reyerta, otra vez la
playa, el pequeño manantial, el sol y los cinco disparos de revólver. A cada frase decía: «Bien,
bien.» Cuando llegué al cuerpo tendido, aprobó diciendo: «Bueno.» Me sentía cansado de tener
que repetir la misma historia y me parecía que nunca había hablado tanto.
Después de un silencio se levantó y me dijo que quería ayudarme, que yo le interesaba, y que,
con la ayuda de Dios, haría algo por mí. Pero antes quería hacerme aún algunas preguntas. Sin
transición me preguntó si quería a mamá. Dije: «Sí, como todo el mundo» y el escribiente, que
hasta aquí escribía con regularidad en la máquina, debió de equivocarse de tecla, pues quedó
confundido y tuvo que volver atrás. Siempre sin lógica aparente, el juez me preguntó entonces si
había disparado los cinco tiros de revólver uno tras otro. Reflexioné y precisé que había disparado
primero una sola vez y, después de algunos segundos, los otros cuatro disparos. «¿Por qué
esperó usted entre el primero y el segundo disparo?», dijo entonces. De nuevo revivió en mí la
playa roja y sentí en la frente el ardor del sol. Pero esta vez no contesté nada. Durante todo el
silencio que siguió, el juez pareció agitarse. Se sentó, se revolvió el pelo con las manos, apoyó los
codos en el escritorio, y con extraña expresión se inclinó hacia mí: «¿Por qué, por qué disparó
usted contra un cuerpo caído?» Tampoco a esto supe responder. El juez se pasó las manos por la
frente y repitió la pregunta con voz un poco alterada: «¿Por qué? Es preciso que usted me lo diga.
¿Por qué?» Yo seguía callado.
Bruscamente se levantó, se dirigió a grandes pasos hacia un extremo del despacho y abrió el
cajón de un archivo. Extrajo de él un crucifijo de plata que blandió volviendo hacia mí. Y con voz
enteramente cambiada, casi trémula, gritó: «¿Conoce usted a Este?» Dije: «Sí, naturalmente.»
Entonces me dijo muy de prisa y de un modo apasionado que él creía en Dios y que estaba
convencido de que ningún hombre era tan culpable como para que Dios no lo perdonase, pero que
para eso era necesario que el hombre, por su arrepentimiento, se volviese como un niño cuya alma
está vacía y dispuesta a aceptarlo todo. Se había inclinado con todo el cuerpo sobre la mesa.
Agitaba el crucifijo casi sobre mí. A decir verdad, yo había seguido muy mal su razonamiento, ante
todo porque tenía calor, porque unos moscardones se posaban en mi cara, y también porque me
atemorizaba un poco. Me daba cuenta al mismo tiempo de que era ridículo porque yo era el
criminal, después de todo. Sin embargo, continuó. Comprendí más o menos que en su opinión no
había más que un punto oscuro en mi confesión: era el hecho de haber esperado para tirar el
segundo disparo de revólver. El resto estaba muy bien, pero él no comprendía por qué había
esperado.
Iba a decirle que hacía mal en obstinarse: el último punto no tenía tanta importancia. Pero me
interrumpió y me exhortó por última vez, irguiéndose entero, y preguntándome si creía en Dios.
Contesté que no. Se sentó indignado. Me dijo que era imposible, que todos los hombres creían en
Dios, aun aquellos que le volvían la espalda. Tal era su convicción, y si alguna vez llegara a dudar,
la vida no tendría sentido. «¿Quiere usted», exclamó, «que mi vida carezca de sentido?» Según mi
opinión aquello no me concernía y se lo dije. Entonces me puso el Cristo bajo los ojos por sobre la
mesa y gritó en forma irrazonable: «Yo soy cristiano. Pido a Este el perdón de tus pecados. ¿Cómo