Albert Camus
El extranjero
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puedes no creer que ha sufrido por ti?» Me di perfecta cuenta de que me tuteaba, pero..., también,
estaba harto. Cada vez hacía más y más calor Como siempre que siento deseos de librarme de
alguien a quien apenas escucho, puse cara de aprobación. Con gran sorpresa mía, exclamó
triunfante: «Ves, ves», decía. «¿No es cierto que crees y que vas a confiarte en El?»
Evidentemente, dije «no» una vez más. Se dejó caer en el sillón.
Parecía muy fatigado. Quedó un momento silencioso mientras la máquina, que no había cesado
de seguir el diálogo, prolongaba todavía las últimas frases. En seguida me miró atentamente y con
un poco de tristeza. Murmuró: «Nunca he visto un alma tan endurecida como la suya. Los
criminales que han comparecido delante de mí han llorado siempre ante esta imagen del dolor.»
Iba a responder que eso sucedía justamente porque se trataba de criminales. Pero pensé que yo
también era criminal. Era una idea a la que no podía acostumbrarme. Entonces el juez se levantó
como si quisiera indicarme que el interrogatorio había terminado. Se limitó a preguntarme, con el
mismo aspecto de cansancio, si lamentaba el acto que había cometido. Reflexioné y dije que más
que pena verdadera sentía cierto aburrimiento. Tuve la impresión de que no me comprendía. Pero
aquel día las cosas no fueron más lejos.
Después de esto, volví a ver a menudo al juez de instrucción. Pero cada vez estaba acompañado
por mi abogado. Se limitaban a hacerme precisar ciertos puntos de las declaraciones precedentes.
O el juez discutía los cargos con el abogado. Pero, en verdad, no se ocupaban nunca de mí en
esos momentos. Sin embargo, poco a poco cambió el tono de los interrogatorios. Parecía que el
juez no se interesaba más por mí y que había archivado el caso, en cierto modo. No me habló más
de Dios y no lo volví a ver más con la excitación del primer día. Las entrevistas se hicieron más
cordiales. Algunas preguntas, un poco de conversación con el abogado, y los interrogatorios
concluían. El asunto seguía su curso, según la propia expresión del juez. Algunas veces también,
cuando la conversación era de orden general, me mezclaban en ella. Comenzaba a respirar. Nadie
en esos momentos se mostraba malo conmigo. Todo era tan natural, tan bien arreglado y tan
sobriamente representado, que tenía la ridícula impresión de «formar parte de la familia.» Y al
cabo de los once meses que duró la instrucción, puedo decir que estaba casi asombrado de que
mis únicos regocijos hubiesen sido los raros momentos en los que el juez me acompañaba hasta
la puerta del despacho, palmeándome el hombro, y diciéndome con aire cordial: «Basta por hoy,
señor Anticristo.» Entonces me ponían nuevamente en manos de los gendarmes.