Albert Camus
El extranjero
23
II
Hay cosas de las que nunca me ha gustado hablar. Cuando entré en la cárcel comprendí al cabo
de algunos días que no me gustaría hablar de esta parte de mi vida.
Más tarde dejé de dar importancia a estas repugnancias. En realidad, yo no estaba realmente en
la cárcel los primeros días; esperaba vagamente algún nuevo acontecimiento. Todo comenzó
después de la primera y única visita de María. Desde el día en que recibí su carta (me decía que
no le permitían venir más porque no era mi mujer), desde ese día sentí que la celda era mi casa y
que mi vida se detenía allí. El día de mi arresto me encerraron al principio en una habitación donde
había varios detenidos, la mayor parte árabes. Al verme, se rieron. Luego me preguntaron qué
había hecho. Dije que había matado a un árabe y quedaron silenciosos. Pero un momento
después cayó la noche. Me explicaron cómo había que arreglar la estera en la que debía de
acostarme. Arrollando uno de los extremos podía hacerse una almohada. Toda la noche me
corrieron las chinches en la cara. Algunos días después me aislaron en una celda en la que dormía
sobre una tabla de madera. Tenía una cubeta para las necesidades y una jofaina de hierro. La
cárcel se hallaba en lo alto de la ciudad y por la pequeña ventana podía ver el mar. Un día en que
estaba aferrado a los barrotes con el rostro extendido hacia la luz, entro un guardián y me dijo que
tenía una visita. Se me ocurrió que sería María. Y era ella.
Para ir al locutorio seguí por un largo pasillo, luego una escalera y, para terminar otro pasillo.
Entré en una gran habitación iluminada por una amplia abertura. La sala estaba dividida en tres
partes por dos altas rejas que la cortaban a lo largo. Entre las dos rejas había un espacio de ocho
a diez metros que separaba a los visitantes de los presos. Vi a María enfrente de mí, con el vestido
a rayas y el rostro tostado. De mi lado había una decena de detenidos, árabes la mayor parte.
María estaba rodeada de moras y se encontraba entre dos visitantes, una viejecita de labios
apretados, vestida de negro, y una mujer gorda, en cabeza, que hablaba muy alto y gesticulaba.
Debido a la distancia que había entre las rejas, los visitantes y los presos se veían obligados a
hablar muy alto. Cuando entré, el ruido de las voces que rebotaba contra las grandes paredes
desnudas de la sala, y la cruda luz que bajaba desde el cielo sobre los vidrios y brotaba en la sala,
me causaron una especie de aturdimiento. Mi celda era más tranquila y más oscura. Necesité
algunos segundos para adaptarme. Sin embargo, concluí por ver cada rostro con nitidez,
destacado a plena luz. Observé que un guardián estaba sentado en el extremo del pasillo entre las
dos rejas. La mayor parte de los presos árabes, así como sus familias, estaban en cuclillas frente a
frente. Pero no gritaban. A pesar del tumulto lograban entenderse hablando muy bajo. El murmullo
sordo, surgido desde abajo, formaba un bajo continuo a las conversaciones que se entrecruzaban
por sobre las cabezas. Observé todo rápidamente y avancé hacia María. Pegada ya a la reja me
sonreía con toda el alma. La encontré muy bella, pero no supe decírselo.
«¿Qué tal?», me dijo muy alto. «¿Qué tal?, ya lo ves.» «¿Estás bien? ¿Tienes todo lo que
precisas?» «Sí, todo.»
Nos callamos y María seguía sonriendo. La mujer gorda aullaba a mi vecino, sin duda el mando,
un sujeto alto, rubio, de mirada franca. Era la continuación de una conversación ya comenzada.
«Juana no quiso tomarlo», gritaba a voz en cuello. «Sí, sí», decía el hombre. «Le dije que al salir
volverías a llevártelo pero no quiso tomarlo.»
María me gritó por su parte que Raimundo me mandaba saludos. Dije: «Gracias» pero mi voz
quedó tapada por el vecino que pregunto «si estaba bien». Su mujer rió y dijo «que nunca se había
sentido mejor» El vecino de la izquierda, un jovenzuelo de manos finas. no decía nada. Noté que
estaba frente a la viejecita y que ambos se miraban con intensidad. Pero no tuve tiempo de
observarlos más porque María me gritó que era necesario tener esperanzas. Dije: «Sí.» Al mismo
tiempo la miraba y tenía deseos de oprimirle el hombro por encima del vestido. Tenía deseos de
tocar la tela fina, pues no sabia qué otra cosa podía esperar. Pero sin duda era lo que María quería
decir porque seguía sonriendo. Yo no veía más que el brillo de sus dientes y los pequeños