Albert Camus
El extranjero
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pliegues de sus ojos. Gritó de nuevo: «¡Saldrás y nos casaremos!» Respondí: «¿Lo crees?» pero
lo dije sobre todo por decir algo Dijo entonces rápidamente y siempre muy alto que sí, que saldría
libre y que volveríamos a bañarnos. Pero la otra mujer aullaba por su lado y decía que había
dejado un canasto en la portería. Enumeraba todo lo que había puesto en él. Habría que verificarlo
pues todo costaba caro. El otro vecino y su madre seguían mirándose. El murmullo de los árabes
continuaba por debajo de nosotros. Afuera, la luz pareció hincharse contra la ventana. Se derramó
sobre todos los rostros como un jugo fresco.
Me sentía un poco enfermo y hubiese querido irme. El ruido me hacía daño. Pero, por otro lado,
quería aprovechar aun más la presencia de María. No sé cuánto tiempo pasó. María me habló de
su trabajo y no cesaba de sonreír. Se cruzaban los murmullos, los gritos y las conversaciones. El
único islote de silencio estaba a mi lado, en el muchacho y la anciana que se miraban. Poco a
poco los árabes fueron llevados. No bien salió el primero, casi todo el mundo calló. La viejecita se
aproximó a los barrotes y, al mismo tiempo, un guardián hizo una señal al hijo. Dijo: «Hasta pronto,
mamá», y ella pasó la mano entre dos barrotes para hacerle un saludo lento y prolongado.
La viejecita se fue mientras un hombre entraba y ocupaba el lugar, con el sombrero en la mano.
Se introdujo a otro preso y hablaron con animación, pero a media voz porque la habitación había
vuelto a quedar silenciosa. Vinieron a buscar al vecino de la derecha y su mujer le dijo sin bajar el
tono, como si no hubiese notado que ya no era necesario gritar: «¡Cuídate y fíjate en lo que
haces!» Luego me llegó el tumo. María hizo ademán de besarme. Me volví antes de salir.
Permanecía inmóvil, con el rostro apretado contra la reja, con la misma sonó risa abierta y
crispada.
Poco después me escribió. Y a partir de ese momento comenzaron las cosas de las que nunca
me ha gustado hablar. De todos modos, no se debe exagerar nada y para mí resultó más fácil que
para otros. Al principio de la detención lo más duro fue que tenía pensamientos de hombre libre por
ejemplo, sentía deseos de estar en una playa y de bajar hacia el mar. Al imaginar el ruido de las
primeras olas bajo las plantas de los pies, la entrada del cuerpo en el agua y el alivio que
encontraba, sentía de golpe cuánto se habían estrechado los muros de la prisión. Pero esto duró
algunos meses. Después no tuve sino pensamientos de presidiario. Esperaba el paseo cotidiano
que daba por el patio o la visita del abogado. Disponía muy bien el resto del tiempo. Pensé a
menudo entonces que si me hubiesen hecho vivir en el tronco de un árbol seco sin otra ocupación
que la de mirar la flor del cielo sobre la cabeza, me habría acostumbrado poco a poco. Hubiese
esperado el paso de los pájaros y el encuentro de las nubes como esperaba aquí las curiosas
corbatas de mi abogado y como, en otro mundo, esperaba pacientemente el sábado para
estrechar el cuerpo de María. Después de todo, pensándolo bien, no estaba en un árbol seco.
Había otros más desgraciados que yo. Por otra parte, mamá tenía la idea, y la repetía a menudo,
de que uno acaba por acostumbrarse a todo.
En cuanto a lo demás, en general no iba tan lejos. Los primeros meses fueron duros. Pero
precisamente el esfuerzo que debía hacer ayudaba a pasarlos. Por ejemplo, estaba atormentado
por el deseo de una mujer. Era natural: yo era joven. No pensaba nunca en María particularmente.
Pero pensaba de tal manera en una mujer, en las mujeres, en todas las que había conocido, en
todas las circunstancias en las que las había amado, que la celda se llenaba con todos sus rostros
y se poblaba con mis deseos. En cierto sentido esto me desequilibraba. Pero en otro, mataba el
tiempo. Había concluido por ganar la simpatía del guardián jefe que acompañaba al mozo de la
cocina a la hora de las comidas. El fue quien primero me habló de mujeres. Me dijo que era la
primera cosa de la que se quejaban los otros. Le dije que yo era como ellos y que encontraba
injusto este tratamiento. «Pero», dijo, «precisamente para eso los ponen a ustedes en la cárcel.»
—«¿Cómo, para eso?»— «Pues sí. La libertad es eso. Se les priva de la libertad.» Nunca había
pensado en ello. Asentí: «Es verdad», le dije, «si no, ¿dónde estaría el castigo?» —«Sí, usted
comprende las cosas. Los demás no. Pero concluyen por satisfacerse por sí mismos.» El guardián
se marchó en seguida.
Hubo también los cigarrillos. Cuando entré en la cárcel me quitaron el cinturón, los cordones de
los zapatos, la corbata y todo lo que llevaba en los bolsillos, especialmente los cigarrillos, una vez
en la celda pedí que me los devolvieran. Pero se me dijo que estaba prohibido. Los primeros días
fueron muy duros. Quizá haya sido esto lo que más me abatió. Chupaba trozos de madera que
arrancaba de la tabla de la cama. Soportaba durante todo el día una náusea perpetua. No
comprendía por qué me privaban de aquello que no hacía mal a nadie. Más tarde comprendí que