Albert Camus
El extranjero
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también formaba parte del castigo. Pero ya me había acostumbrado a no fumar más y este castigo
había dejado de ser tal para mí.
Fuera de estas molestias no me sentía demasiado desgraciado. Una vez más todo el problema
consistía en matar el tiempo. A partir del instante en que aprendí a recordar, concluí por no
aburrirme en absoluto. Me ponía a veces a pensar en mi cuarto, y, con la imaginación, salía de un
rincón para volver detallando mentalmente todo lo que encontraba en el camino. Al principio lo
hacía rápidamente. Pero cada vez que volvía a empezar era un poco más largo. Recordaba cada
mueble, y de cada uno, cada objeto que en él se encontraba, y de cada objeto, todos los detalles, y
de los detalles, una incrustación, una grieta o un borde gastado, los colores y las imperfecciones.
Al mismo tiempo ensayaba no perder el hilo del inventario, hacer una enumeración completa. Es
cierto que fue al cabo de algunas semanas, pero podía pasar horas nada más que con enumerar
lo que se encontraba en mi cuarto. Así, cuanto más reflexionaba, más cosas desconocidas u
olvidadas extraía de la memoria. Comprendí entonces que un hombre que no hubiera vivido más
que un solo día podía vivir fácilmente cien años en una cárcel. Tendría bastantes recuerdos para
no aburrirse. En cierto sentido era una ventaja.
Existía también el sueño. Al principio dormía mal por la noche y nada durante el día. Poco a poco
las noches fueron mejores y pude también dormir de día. Puedo decir que en los últimos meses
dormía de dieciséis a dieciocho horas por día. Me quedaban por lo tanto seis horas para matar con
comida, las necesidades naturales, los recuerdos y la historia del checoslovaco.
Entre el jergón y la tabla de la cama había encontrado, en efecto, casi pegado al género, un viejo
trozo de periódico, amarillento y transparente. Relataba un hecho policial cuyo comienzo faltaba
pero que había debido ocurrir en Checoslovaquia. Un hombre había partido de un pueblo checo
para hacer fortuna. Al cabo de veinticinco años había regresado rico, con su mujer y un hijo. La
madre y una hermana dirigían un hotel en el pueblo natal. Para sorprenderlas, había dejado a la
mujer y al hilo en otro establecimiento y había ido a casa de la madre, que no le había reconocido
cuando entró. Por broma, se le ocurrió tomar una habitación. Había mostrado el dinero. Durante la
noche, la madre y la hermana le habían asesinado a martillazos para robarle y habían arrojado el
cuerpo al río. Por la mañana había venido la mujer y sin saberlo, había revelado la identidad del
viajero. La madre se había ahorcado. La hermana se había arrojado a un pozo. Debo de haber
leído esta historia miles de veces Por un lado era inverosímil; por otro, era natural. De todos
modos, me parecía que el viajero lo habí a merecido en parte y que nunca se debe jugar.
Así pasó el tiempo, con las horas de sueño los recuerdos, la lectura del hecho policial y la
alteración de la luz y de la sombra. Había leído que en la cárcel se concluía por perder la noción
del tiempo. Pero no tenía mucho sentido para mí. No había comprendido hasta qué punto los días
podían ser a la vez largos y cortos. Largos para vivirlos sin duda, pero tan distendidos que
concluían por desbordar unos sobre los otros. Perdían el nombre. Las palabras ayer y mañana
eran las únicas que conservaban un sentido para mí.
Cuando un día el guardián me dijo que estaba allí desde hacía cinco meses, le creí, pero no le
comprendí. Para mí era el mismo día que se desarrollaba sin cesar en la celda y la misma tarea
que proseguía. Ese día, después de la partida del guardián, me miré en el agua de la escudilla. Me
pareció que mi imagen continuaba seria, aun cuando ensayaba sonreír. La agité delante de mí.
Sonreí y conservó el mismo aire severo y triste. El día concluía y era la hora de la que no quiero
hablar, la hora sin nombre, en la que los ruidos de la noche subían desde todos los pisos de la
cárcel en un cortejo de silencio. Me acerqué a la claraboya y con la última luz contemplé una vez
más mi imagen. Seguía siempre seria y nada tenía de sorprendente pues en ese momento yo lo
estaba también. Pero al mismo tiempo, y por primera vez desde hacía largos meses, oí
distintamente el sonido de mi voz. Reconocí que era la que resonaba desde hacía muchos días en
mi oído y comprendí que durante todo ese tiempo había hablado solo Recordé entonces lo que
decía la enfermera en el entierro de mamá. No, no había escapatoria y nadie puede imaginar lo
que son las noches en las cárceles.