Albert Camus
El extranjero
28
conciliábulos el Presidente declaró que la audiencia quedaba levantada y transferida hasta la tarde
para recibir la declaración de los testigos.
No tuve tiempo de reflexionar. Se me llevó, se me hizo subir al coche celular y se me condujo a
la cárcel, donde comí. Al cabo de muy poco tiempo, exactamente el necesario para darme cuenta
de que estaba cansado, volvieron a buscarme: todo comenzó de nuevo y me encontré en la misma
sala, delante de los mismos rostros. Sólo que el calor era mucho más intenso y, como por milagro,
cada uno de los jurados, el Procurador, el abogado y algunos periodistas estaban también
provistos de abanicos de paja. El periodista joven y la mujercita estaban siempre allí. Pero no se
abanicaban y seguían mirándome sin decir nada.
Me enjugué el sudor que me cubría el rostro y recobré un poco la conciencia del lugar y de mí
mismo sólo cuando oí llamar al director del asilo. Le preguntaron si mamá se quejaba de mí y
dijo que sí, pero que sus pensionistas tenían un poco la manía de quejarse de los parientes. El
Presidente le hizo precisar si ella me reprochaba el haberla metido en el asilo, y el director dijo otra
vez que sí. Pero esta vez no agregó nada. A otra pregunta contestó que había quedado
sorprendido de mi calma el día del entierro. Le preguntaron qué entendía por calma. El director
miró entonces la punta de sus zapatos y dijo que yo no había querido ver a mamá, que no había
llorado ni una sola vez y que después del entierro había partido en seguida, sin recogerme ante su
tumba. Otra cosa le había sorprendido: un empleado de pompas fúnebres le había dicho que yo no
sabía la edad de mamá. Hubo un momento de silencio, y el Presidente le preguntó si estaba
seguro que era de mí de quien había hablado. Como el director no comprendía la pregunta, le dijo:
«Así lo dispone la ley.» Luego el Presidente preguntó al Abogado General si quería interrogar al
testigo, y el Procurador gritó: «¡Oh, no, es suficiente!» con tal ostentación y tal mirada triunfante
hacia mi lado que por primera vez desde hacía muchos años tuve un estúpido deseo de llorar
porque sentí cuánto me detestaba toda esa gente.
Después de haber preguntado al Jurado y al abogado si tenían preguntas que formular, el
Presidente oyó al portero. Para él, como para todos los demás, se repitió el mismo ceremonial.
Cuando llegó, el portero me miró y apartó la vista. Respondió a las preguntas que se le formularon.
Dijo que yo no había querido ver a mamá, que había fumado, que había dormido y tomado café
con leche.
Sentí entonces que algo agitaba a toda la sala y por primera vez comprendí que era culpable.
Hicieron repetir al portero la historia del café con leche y la del cigarrillo. El Abogado General me
miró con brillo irónico en los ojos. En ese momento el abogado preguntó al portero si no había
fumado conmigo. Pero el Procurador se opuso violentamente a esta pregunta: «¿Quién es aquí el
criminal y cuáles son los métodos que consisten en manchar a los testigos de la acusación para
desvirtuar testimonios que no por eso resultan menos aplastantes?» Pese a todo, el Presidente
ordenó al portero que respondiese a la pregunta. El viejo dijo con aire cohibido: «Sé perfectamente
que hice mal. Pero no me atreví a rehusar el cigarrillo que el señor me ofreció.» En último lugar,
me preguntaron si no tenía nada que agregar. «Nada, respondí, solamente que el testigo tiene
razón. Es verdad que le ofrecí un cigarrillo.» El portero me miró entonces con un poco de asombro
y una especie de gratitud. Vaciló; luego dijo que era él quien me había ofrecido el café con leche.
El abogado triunfó ruidosamente y declaró que los jurados apreciarían. Pero el Procurador atronó
sobre nuestras cabezas y dijo: «Sí. Los señores jurados apreciarán. Y llegarán a la conclusión de
que un extraño podía proponer tomar café, pero que un hijo debía rechazarlo delante del cuerpo de
la que le había dado la vida.» El portero volvió a su asiento.
Cuando llegó el turno a Tomás Pérez, un ujier tuvo que sostenerlo hasta la barra. Pérez dijo que
había conocido principalmente a mi madre y que no me había visto más que una vez, el día del
entierro. Le preguntaron qué había hecho yo ese día, y respondió: «Ustedes comprenderán; me
sentía demasiado apenado, de manera que nada vi. La pena me impedía ver. Porque era para mí
una pena muy grande. Y hasta me desmayé. De manera que no pude ver al señor.» El Abogado
General le preguntó si por lo menos me había visto llorar. Pérez respondió que no. El Procurador
dijo entonces a su vez: «Los señores jurados apreciarán.» Pero el abogado se había enfadado.
Preguntó a Pérez en un tono que me pareció exagerado, «si había visto que yo no hubiera
llorado.» Pérez dijo: «No.» El público rió. Y el abogado recogiendo una de las mangas, dijo con
tono perentorio: «¡He aquí la imagen de este proc eso! ¡Todo es cierto y nada es cierto!» El
Procurador tenía el rostro impenetrable y clavaba la punta del lápiz en los rótulos de los
expedientes.