Albert Camus
El extranjero
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había abofeteado a su hermana. Sin embargo, el Presidente le preguntó si la víctima no tenía
algún motivo para odiarme. Raimundo dijo que mi presencia en la playa era fruto de la casualidad.
Entonces el Procurador le preguntó cómo era que la carta origen del drama había sido escrita por
mí. Raimundo respondió que era una casualidad. El Procurador redargüyó que la casualidad tenía
ya muchas fechorías sobre su conciencia en este asunto. Quiso saber si era por casualidad que yo
no había intervenido cuando Raimundo abofeteó a su amante; por casualidad que yo había servido
de testigo en la comisaría; por casualidad aún que mis declaraciones con motivo de ese testimonio
habían resultado de pura complacencia. Para concluir, preguntó a Raimundo cuáles eran sus
medios de vida, y como el último respondiera: «guardalmacén», el Abogado General declaró a los
jurados que el testigo ejercía notoriamente el oficio de proxeneta. Yo era su cómplice y su amigo.
Se trataba de un drama crapuloso de la más baja especie, agravado por el hecho de tener delante
a un monstruo moral. Raimundo quiso defenderse y el abogado protestó, pero se le dijo que debía
dejar terminar al Procurador. Este dijo: «Tengo poco que agregar. ¿Era amigo suyo?», preguntó a
Raimundo. «Sí», dijo éste, «era mi camarada». El Abogado General me formuló entonces la misma
pregunta y yo miré a Raimundo, que no apartó la vista. Respondí: «Sí.» El Procurador se volvió
hacia el Jurado y declaró: «El mismo hombre que al día siguiente al de la muerte de su madre se
entregaba al desenfreno más vergonzoso mató por razones fútiles y para liquidar un incalificable
asunto de costumbres inmorales.»
Volvió a sentarse. Pero el abogado, al tope de la paciencia, gritó levantando los brazos de
manera que las mangas al caer descubrieron los pliegues de la camisa almidonada. «En fin, ¿se le
acusa de haber enterrado a su madre o de haber matado a un hombre?» El público rió. El
Procurador se reincorporó una vez más, se envolvió en la toga y declaró que era necesario tener la
ingenuidad del honorable defensor para no advertir que entre estos dos órdenes de hechos existía
una relación profunda, patética, esencial. «Sí», gritó con fuerza, «yo acuso a este hombre de haber
enterrado a su madre con corazón de criminal». Esta declaración pareció tener considerable efecto
sobre el público. El abogado se encogió de hombros y enjugó el sudor que le cubría la frente. Pero
él mismo parecía vencido y comprendí que las cosas no iban bien para mí.
Todo fue muy rápido después. La audiencia se levantó. Al salir del Palacio de Justicia para subir
al coche reconocí en un breve instante el olor y el color de la noche de verano. En la oscuridad de
la cárcel rodante encontré uno por uno, surgidos de lo hondo de mi fatiga, todos los ruidos
familiares de una ciudad que amaba y de cierta hora en la que ocurríame sentirme feliz. El grito de
los vendedores de diarios en el aire calmo de la tarde, los últimos pájaros en la plaza, el pregón de
los vendedores de emparedados, la queja de los tranvías en los recodos elevados de la ciudad y el
rumor del cielo antes de que la noche caiga sobre el puerto, todo esto recomponía para mí un
itinerario de ciego, que conocía bien antes de entrar en la cárcel. Sí, era la hora en la que, hace ya
mucho tiempo, me sentía contento. Entonces me esperaba siempre un sueño ligero y sin
pesadillas. Y sin embargo, había cambiado, pues a la espera del día siguiente fue la celda lo que
volví a encontrar. Como si los caminos familiares trazados en los cielos de verano pudiesen
conducir tanto a las cárceles como a los sueños inocentes.