Albert Camus
El extranjero
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V
Por tercera vez he rehusado recibir al capellán. No tengo nada que decirle, no tengo ganas de
hablar, demasiado pronto tendré que verle. En este momento me interesa escapar del engranaje,
saber si lo inevitable puede tener salida. Me han cambiado de celda. Desde ésta, cuando me
tiendo, veo el cielo, y no veo más que el cielo. Todos los días transcurren mirando en su rostro el
declinar de los colores que llevan del día a la noche. Acostado, pongo las manos debajo de la
cabeza y espero. No sé cuántas veces me he preguntado si habrá ejemplos de condenados a
muerte que se hayan librado del engranaje implacable, desaparecido antes de la ejecución, roto el
cordón de los agentes. Me he reprochado ahora el no haber prestado suficiente atención a los
relatos de ejecuciones. Uno siempre debería de interesarse por estos temas. No se sabe nunca lo
que puede ocurrir. Como todo el mundo, yo había leído informaciones en los periódicos. Pero
existían, sin duda, obras especiales que nunca tuve curiosidad de consultar. Quizá en ellas habría
encontrado relatos de evasiones. Me hubiera enterado de que, en un caso por lo menos, la rueda
se había detenido; de que en su precipitación irresistible, el azar y la posibilidad, por una vez, al
menos, habían cambiado alguna cosa. ¡Una sola vez! En cierto sentido, creo que esto me hubiera
bastado. Mi corazón habría hecho el resto. Los periódicos hablaban a menudo de una deuda para
con la sociedad que, según ellos, era necesario pagar. Pero esto no habla a la imaginación. Lo que
interesa es la posibilidad de evasión, un salto fuera del rito implacable, una loca carrera que ofrece
todas las posibilidades de esperanza. Naturalmente, la esperanza consistía en ser abatido de un
balazo en la esquina de una calle, en plena carrera. Pero, bien considerado todo, ese lujo no me
estaba permitido, todo me lo prohibía, el engranaje me enganchaba nuevamente.
A pesar de mi buena voluntad no podía aceptar esta certidumbre insolente. Pues, al fin y al cabo,
existía una desproporción ridícula entre el fallo que la había creado y su desarrollo imperturbable a
partir del momento en que el fallo había sido pronunciado. El hecho de haber sido leída la
sentencia a las veinte en lugar de a las diecisiete, el hecho de que hubiera podido ser otra de que
había sido dictada por hombres que cambian la ropa interior, de que había sido dada en nombre
de una noción tan imprecisa como la del pueblo francés (o alemán o chino), me parecía que todo
quitaba mucha seriedad a la decisión. Empero, me veía obligado a reconocer que, a partir del
momento en que había sido dictada, sus efectos se volvían tan reales y tan serios como la
presencia del muro contra el que aplastaba mi cuerpo en toda su extensión.
Recordé en esos momentos una historia que mamá me contaba a propósito de mi padre. Yo no
le había conocido. Todo lo que había de concreto sobre este hombre era quizá lo que me decía
mamá. Había ido a ver ejecutar a un asesino. Se sentía enfermo con la simple perspectiva de ir.
Fue, sin embargo, y al regreso había estado vomitando parte de la mañana. Mi padre me producía
un poco de repugnancia entonces Ahora comprendo que era tan natural.
¡Como no advertí que no había nada más importante que una ejecución capital y que en cierto
sentido, era aún la única cosa realmente interesante para un hombre! Si alguna vez saliera de esta
cárcel, iría a ver todas las ejecuciones capitales. Creo que me hacía mal pensar en tal posibilidad.
Pues ante la idea de verme libre una mañana temprano, detrás de un cordón de agentes, de
alguna manera del otro lado, ante la idea de ser el espectador que viene a ver y que podrá vomitar
después, una ola de alegría envenenada me subía al corazón. Pero no era razonable. Hacía mal
en abandonarme a estas suposiciones, porque un instante después sentía un frío tan atroz que me
encogía bajo la manta. Los dientes me castañeteaban sin que pudiera evitarlo.
Pero, naturalmente, no siempre se puede ser razonable. Otras veces, por ejemplo, hacía
proyectos de ley. Reformaba las penas. Me había dado cuenta de que lo esencial era dar una
posibilidad al condenado. Una sola entre mil bastaba para arreglar muchas cosas. Y me parecía
que podía encontrarse alguna combinación química cuya absorción mataría al paciente (el
paciente, pensaba yo) nueve veces sobre diez. La condición sería que él lo sabría. Pues,
pensándolo bien, considerando las cosas con calma, comprobaba que lo defectuoso de la cuchilla
era que no dejaba ninguna posibilidad, absolutamente ninguna. En suma, la muerte del paciente
había sido resuelta de una vez por todas. Era un asunto archivado, una combinación definitiva, un
acuerdo decidido sobre el cual no se podía volver a discutir. Si por alguna eventualidad