Albert Camus
El extranjero
36
mantenerme natural aun en esta hipótesis, para hacer más plausible la resignación frente a la
primera. Cuando lo conseguía había ganado una hora de calma. En cualquier caso valía la pena
considerarlo.
En un momento así me negué una vez más a recibir al capellán. Estaba acostado y por cierta
rubia claridad del cielo adivinaba la proximidad de la tarde de verano. Acababa de rechazar la
apelación y podía sentir las olas de sangre circular regularmente dentro de mí. No tenía necesidad
de ver al capellán. Por primera vez después de mucho tiempo pensé en María. Hacía muchos días
que no me escribía. Esa tarde reflexioné y me dije que quizá se habría cansado de ser la amante
de un condenado a muerte. También se me ocurrió la idea de que quizá estuviese enferma o
muerta. Estaba dentro del orden de las cosas. ¿Cómo habría podido saberlo yo puesto que fuera
de nuestros cuerpos, ahora separados, nada nos ligaba ni nos recordaba el uno al otro? Por otra
parte, a partir de ese momento, el recuerdo de María me hubiera sido indiferente. Muerta, no me
interesaba más. Me parecía cosa normal, tal como comprendía que la gente me olvidara después
de mi muerte. No tenía nada más que hacer conmigo. Ni siquiera podía decir que fuera duro
pensar así. En el fondo no existe idea a la que uno no concluya por acostumbrarse.
En ese preciso momento entró el capellán. Cuando lo vi, sentí un ligero estremecimiento. El lo
notó y me dijo que no tuviera miedo. Le dije que su costumbre era venir a otra hora. Me respondió
que era una visita amistosa que no tenía nada que ver con la apelación, de la que no sabía nada.
Se sentó en el camastro y me invitó a acercarme más a él. Me negué. A pesar de todo, me parecía
muy amable.
Quedó un momento sentado, con los antebrazos en las rodillas, la cabeza baja, mirándose las
manos. Eran finas y musculosas; me hacían pensar en dos ágiles animalitos. Las frotó lentamente,
una contra la otra. Luego quedó así, con la cabeza siempre baja, durante tanto tiempo que en
cierto momento tuve la impresión de que lo había olvidado.
Pero levantó la cabeza bruscamente y me miró de frente: «¿Por qué», me dijo, «rehúsa usted
mis visitas?» Contesté que no creía en Dios. Quiso saber si estaba bien seguro y le dije que yo
mismo no tenía para qué preguntármelo; me parecía una cuestión sin importancia. Se echó
entonces hacia atrás y se recostó contra el muro, con las manos en los muslos. Casi sin que
pareciera hablarme, observó que a veces uno creía estar seguro cuando, en realidad, no lo estaba.
Yo no decía nada. Me miró y me preguntó: «¿Qué piensa usted?» Contesté que quizá fuera así.
Quizá no estaba seguro de lo que me interesaba realmente, pero en todo caso, estaba
completamente seguro de lo que no me interesaba. Y, justamente, lo que el me decía no me
interesaba.
Volvió la mirada y, siempre sin cambiar de posición, me preguntó si no hablaba así por exceso
de desesperación. Le expliqué que no estaba desesperado. Simplemente tema miedo, era bien
natural. «Entonces Dios le ayudará.» Hizo notar. «Todos cuantos he conocido en su caso han
vuelto a El.» Reconocí que estaban en su derecho. Probaba también que tenían tiempo para
hacerlo. En cuanto a mí no quería que me ayudaran y precisamente no tenía tiempo para
interesarme en lo que no me interesaba.
En ese instante sus manos hicieron un ademán de impaciencia, pero se enderezó y arregló los
pliegues de la sotana. Cuando hubo terminado, se dirigió a mí llamándome «amigo mío»; si me
hablaba así no era porque estuviese condenado a muerte; según su opinión estábamos todos
condenados a muerte. Pero le interrumpí diciéndole que no era la misma cosa y que, por otra
parte, en ningún caso podía ser consuelo. «Es cierto», asintió, «pero usted morirá más tarde si no
muere pronto. El mismo problema se le planteará entonces. ¿Cómo afrontará usted la terrible
prueba?» Repuse que la afrontaría exactamente como la afrontaba en este momento.
Ante estas palabras se levantó y me miró directamente a los ojos. Es un juego que conozco bien.
Me divertía a menudo haciéndolo con Manuel o Celeste y, generalmente, eran ellos quienes
apartaban la mirada. También el capellán conocía bien el juego; lo comprendí en seguida. Su
mirada no vaciló. Y su voz tampoco vaciló cuando me dijo: «¿No tiene usted, pues, esperanza
alguna y vive pensando que va a morir por entero?» «Sí», le respondí.
Bajó entonces la cabeza y volvió a sentarse. Me dijo que me compadecía. Juzgaba imposible
que un hombre pudiese soportar esto. Yo sentí solamente que él comenzaba a aburrirme. Me
aparté a mi vez y fui hacia la claraboya. Me apoyé con el hombro contra la pared. Sin seguirlo bien,
oí que comenzaba a interrogarme otra vez. Hablaba con voz inquieta y apremiante. Comprendí
que estaba emocionado y le escuché con más atención.