Albert Camus
El extranjero
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en el entierro de su madre? El perro de Salamano valía tanto como su mujer. La mujercita
autómata era tan culpable como la parisiense que se había casado con Masson, o como María,
que había deseado casarse conmigo. ¿Qué importaba que Raimundo fuese compañero mío tanto
como Celeste, que valía más que él? ¿Qué importaba que María diese hoy su boca a un nuevo
Meursault? Comprendía, pues, este Condenado, que desde lo hondo de mi porvenir... Me ahogaba
gritando todo esto. Pero ya me quitaban al capellán de entre las manos y los guardianes me
amenazaban. Sin embargo, él los calmó y me miró en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Se volvió y desapareció.
En cuanto salió, recuperé la calma. Me sentía agotado y me arrojé sobre el camastro. Creo que
dormí porque me desperté con las estrellas sobre el rostro. Los ruidos del campo subían hasta mí.
Olores a noche, a tierra y a sal me refrescaban las sienes. La maravillosa paz de este verano
adormecido penetraba en mí como una marea. En ese momento y en el límite de la noche,
aullaron las sirenas. Anunciaban partidas hacia un mundo que ahora me era para siempre
indiferente. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pensé en mamá. Me pareció que
comprendía por qué, al final de su vida, había tenido un «novio», por qué había jugado a comenzar
otra vez. Allá, allá también, en torno de ese asilo en el que las vidas se extinguían, la noche era
como una tregua melancólica. Tan cerca de la muerte, mamá debía de sentirse allí liberada y
pronta para revivir todo. Nadie, nadie tenía derecho de llorar por ella. Y yo también me sentía
pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de
esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a
la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin,
comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me
sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y
que me reciban con gritos de odio.