LA VIDA ITALIANA
1. EUROPA
Cuando su avión aterrizó en el aeropuerto de Milán, María Soledad Rosas volaba de fiebre. Le dolía
todo el cuerpo y casi no se podía mover: apenas pasaron los controles, Silvia Gramático la convenció de que
se fuera a acostar. Soledad se pasó sus dos primeros días “en Europa” acostada en una cama de pensión
milanesa, tomando analgésicos mientras su amiga le hacía masajes en los pies. Se lamentaba por su mala
suerte: cómo se iba a enfermar justo entonces, de movida nomás. Aunque por momentos sospechaba que no
debía ser la suerte: seguramente estaba poniendo en escena el susto, los nervios de dejar por fin su mundo
atrás.
Cuando Soledad pudo levantarse salieron a dar una vuelta por la ciudad. Milán no las impresionó
particularmente: a primera vista no parecía tan distinta de Buenos Aires. En la mitología de la clase media
argentina el viaje a Europa es un punto fuerte. Para empezar, existe “Europa”: un concepto confuso que sólo
algunos tours y los tratados comerciales se empeñan en sostener y que los argentinos, en general, intentan
recorrer —“hacer” — entera en pocos días. Y, sobre todo, el viaje a Europa —“el viaje”— es una ceremonia
iniciática que marca claramente un antes y un después, de la que se esperan revelaciones que no suelen llegar:
cualquier hermeneuta de café hablaría del retorno a los orígenes míticos de este pueblo de europeos
expulsados. Pero ahora Soledad ya estaba “en Europa” y nada sucedía: la ciudad era quizás u n poco más rica y
más limpita, pero no muy diferente. O eso era lo que quería creer: Soledad oscilaba entre la desenvoltura y el
miedo, la excitación y el temor de no saber dónde se estaba metiendo. “En Milán nos sacamos una foto”, dirá
Silvia Gramático, su compañera de viaje. “Yo estaba apoyada en un arco y ella a mi lado, en una postura
temerosa. Y después la revelamos y Soledad escribió detrás: ‘Estaba como una ranita encima de una piedra’:
asustada. Como quien todavía no sabe quién es, me pareció”.
Al día siguiente se tomaron el tren hasta Domodossola, un par de horas al norte: allí los esperaban
sus nuevos patrones para llevarlos hasta la hostería de Alpe Devero.
—Ya van a ver, acá la vida es de lo más tranquila, una delicia...
Alpe Devero es un pueblo casi inexistente en lo más hondo de los Alpes piamonteses, a dos
kilómetros escasos de la frontera suiza y mil metros de altura. El pueblo vive del turismo de caminantes
montañeses y pescadores con mosca: sus alrededores son de una belleza montañosa convencional y
convincente. El hotelito donde Soledad y Silvia trabajarían, el Bar Pensione Fattorini, era una posada alpina
clásica con su techo a dos aguas, unos pocos cuartos y un restorán sin pretensiones. Lo regenteaba un
matrimonio de treintaypico: Luca era local; su mujer, Cecilia, había nacido en Buenos Aires pero llevaba mucho
tiempo allí. Eran una pareja amable que empezó por mostrarles su cuarto y contarles sus obligaciones:
—Bueno, ya ven que acá somos muy pocos, así que todos hacemos de todo. Ustedes van a tener que
servir las mesas, lavar platos, limpiar, todo.
—Yo además tengo un título en administración hotelera, quizás puede servir para...
—¿Ah, sí? Qué bueno. Bueno, ya veremos qué podemos hacer con eso.