libertad: la provocación, la irrisión, la ironía son cosas que derivan de una visión positiva —y no solamente
destructiva— del mundo.
“Es una práctica del placer: te divertís haciendo lo que hacés, no es aquello de que lo que debés hacer
es un tormento pero lo hacés en nombre de algo superior a vos. Yo no admito nada superior a mí. Los
anarquistas que han leído a Stirner no admiten ninguna autoridad superior al individuo. El único juicio que
puedo tolerar es el mío; el juicio de los demás me chupa un huevo. Si estoy de acuerdo conmigo me alcanza.
Por supuesto que quiero ponerme de acuerdo con los que considero cercanos, pero no reconozco a nadie por
encima de mí. Como decía Malatesta: no todos los individualistas son anarquistas, pero los anarquistas son
todos individualistas. Nos importa el desarrollo máximo del individuo, ningún reconocimiento de ninguna
forma de autoridad, la coherencia entre el pensamiento y la acción, la ruptura de la separación entre trabajo
manual y el trabajo intelectual: eso ya lo decían los anarquistas en el siglo pasado; los situacionistas, que son
comunistas retardados, lo descubrieron en 1950. Acá tenemos cierto gusto por dejar que el aspecto teórico se
desarrolle como consecuencia de la práctica, y que la práctica sirva también como propaganda. En las casas
ocupadas la gente hace todo: pueden h acer trabajos de albañilería y también discutir o escribir o salir a la calle,
y eso te produce un desarrollo mucho más rico que el que te ofrece la vida de separación, de especialización
que tratan de imponernos”.
El Paso funcionaba. Había brutos conciertos punk: la escuela ocupada se convirtió en el gran lugar
turinés para la música más o menos alternativa. Mano Negra, Henry Rollins, Dead Kennedys, The Toast
tocaron allí. Era un lugar prestigioso y las bandas conocidas iban gratis por el solo gusto de decir que habían
estado: les daba prestigio. Y para los grupos locales era La Meca.
Después empezó la autoproducción musical: un pequeño estudio donde algunos grupos grababan
sus cassettes o hacían ediciones piratas de música conocida y la vendían por dos con veinte: entre los
pirateados estuvieron Tom Waits, B-52, las canciones de la Guerra Civil Española, Fred Buscaglione, Psychic
TV, Carmina Burana, Mark Stewart, Killing Joke y Carlos Gardel. También tenían una librería que venía material
anarco, libros, revistas, fanzines punk. Organizaron trabajos colectivos para mejorar la casa: albañilería, pintura,
plomería. “Recuperaban” material de las obras en construcción, generalmente municipales o provinciales:
bolsas de cemento, ladrillos, tejas, caños, lo que fuera. También, a veces, comida en un supermercado:
aparecían de a muchos, una masa cromática de fulanos con sus crestas, sus pelos de colores, sus docenas de
aros. Una de las funciones de El Paso, decían, era garantizar que hubiera comida para todos, y emp ezaron con
la tradición de la “convivialidad”: todas las noches los okupas que quisieran se juntaban para cenar en una
larga mesa compartida los platos que todos preparaban.
“Pasan un par de meses durante los cuales se rompen lanzas se cambia de año se org anizan
conciertos de grupos torineses italianos extranjeros proyecciones de video bailes espectáculos teatrales y una
infinidad de reuniones”, contaba el libelo. “Para los ocupantes es un verdadero tour de force porque además
de la organización de las actividades, los problemas son realmente muchos: de la calefacción a las reparaciones
para que no llueva adentro a las relaciones humanas e inhumanas con el vecindario el barrio la ciudad las
instituciones la cana los demás grupos y el mundo entero para no inventarse sólo un magnífico ghetto, pero
también. ¿Tenemos un lugar? No tenemos nada. Estar dentro de El Paso, haberlo ocupado, haber conseguido
quedarnos no nos hace sentir más lindos más grandes o más arriba. Seguimos siendo bandidos sin posesiones
que reivindican el derecho de existir de reunirse de habitar. Tomamos un lugar que nadie consideraba suyo. Si
no podemos estar aquí significará que la próxima vez ocuparemos sus casas”. El préstamo estaba pactado por
seis meses, y nunca se renovó. En junio de 198 8 la ocupación de El Paso volvió a ser ilegal —y así dura hasta
ahora.
“Nosotros no queremos inventar una vida perfecta; sólo una vida donde no haya quien te diga dónde
está la perfección y dónde no”, dirá Mario Skizzo. Ahora Mario es un petiso cuarentón cara de gnomo
divertido, un rulito en el mentón a modo de barba interrogante. “Pero no existe que te encierres en tu lugar
ocupado y simules estar en una isla feliz, que tampoco es feliz porque en tu lugar recogés todas las
contradicciones de afuera, toda la mierda de la vida que te toca vivir afuera. O sea que esto no puede ser el
reino de la felicidad: sólo un cretino podría tener esta ilusión. Sin embargo hubo un debate sobre esta cuestión.
Es una especialidad italiana: la crítica de los que nunca hacen nada. Desde afuera grupos más o menos
intelectuales nos criticaban diciéndonos que nos estábamos aislando, que éramos como los hipposos de las