ella”, decían. Aunque exponían un peligro: si algunos ocupantes aceptaban el diálogo con las instituciones,
los que seguían negándose quedaban “como los malos de la película, expuestos al peligro de una represión
militar legitimada frente a la opinión pública ‘democrática’”. La visión era acertada, pero tardaría unos años en
terminar de confirmarse.
Aquel verano del 97 los oku pas turineses estaban de lo más ocupados. En la mañana del 17 de
septiembre del año anterior unos trescientos efectivos del Ros —Raggruppamento Operativo Speciale —, el
grupo de elite de los Carabineros, encapuchados y armados hasta las bolas, habían llevado adelante una
operación especialmente compleja: la detención simultánea de varias docenas de anarquistas en todo el
territorio italiano. Cumplían con el plan del juez romano Antonio Marini para acabar con una gran organización
subversiva anarquista tan clandestina que nadie la había escuchado nombrar nunca.
En su comunicado de prensa, al día siguiente, el Ros explicaba que “dentro del movimiento anarquista
existe una organización con finalidad subversiva y contactos incluso internacionales, estructurada en dos
niveles: el primero, público y notorio, con sus actividades políticas en el ámbito del movimiento, sus así
llamados centros ocupados, sus manifestaciones, publicaciones y reuniones; el segundo, oculto y
compartimentado, orientado al cumplimiento de actividades ilegales con atentados, robos, secuestros de
personas y otros hechos para el autofinanciamiento, incluidas la localización de armas, explosivos, lugares de
depósito y cuanto es necesario para las exigencias operativas”. La idea era de una simpleza casi perfecta: nadie
conocía el segundo nivel porque era secreto, pero todo lo que sí se conocía —el primer nivel— dependía de
los clandestinos de ese segundo nivel, los nutría y era, por lo tanto, criminal. Gran parte del movimiento
anarquista quedaba criminalizado por la tesis Marini que, poco antes, había dicho: “Antes de jubilarme voy a
arrestar a una banda de terroristas”.
La banda en cuestión —el segundo nivel— se llamaba supuestamente ORAI —Organización
Revolucionaria Anarquista Insurreccionalista—, tenía unos setenta integrantes y era acusada de todos los
delitos irresueltos de los últimos años. Nadie la conocía, no había firmado ninguna acción, ni siquiera un
volante: su única huella eran las declaraciones de una arrepentida, Mojdeh Namsetchi, que nadie en el
movimiento anarquista decía conocer. El proceso Ros-Marini, como se lo llamó, fue un paso importante en la
escalada represiva: las condiciones de vida de los okupas se hicieron más difíciles, el enfrentamiento más
brutal. Pero los anarco-punx turineses no perdieron el sentido del humor.
“Nosotros, FLNG, declaramos iniciada la campaña de liberación primavera-verano 97 con las
siguientes condiciones”, decía el comunicado número 1 del FLNG, Frente de Liberación de los Enanos de
Jardín. “Liberación indiscriminada de todos los enanos. Las condiciones de detención inhumanas nos llevan a
acciones cada vez más audaces a riesgo de nuestra integridad. Cada enanito encarcelado será una barricada.
Golpear a un carcelero para educar a cien. Diez, cien, mil enanos liberados. Golpear en el corazón a todos los
dueños de enanitos. Todo el poder a los espíritus libres de la selva: enanos, gnomos, elfos y brujitas. Que cada
cual decida en qué sitios irrumpir para liberar a los compañeros enanos. Ahora y siempre: en anos libres y
salvajes”.
El Frente no se limitaba a los comunicados: en la noche del 3 de junio, una acción perfectamente
coordinada había logrado la liberación de veinte enanitos de jardín —sin sufrir ninguna baja. Varios grupos de
okupas los habían retir ado de sus prisiones jardineras y, en sentida procesión, llevado hasta las laderas del
monte Musiné, un sitio de antiguos ritos mágicos. Allí uno de ellos, Silvano Pelissero, larga túnica blanca,
recitó unas plegarias y todos cantaron y bailaron hasta el alba para festejar esa liberación. “Libres de corretear
por el bosque”, informaba otro comunicado, “los enanitos ya no cantan ay ay ay vamos a trabajar, sino que se
dedican a pasatiempos mucho más nobles a la sombra de los mejores hongos”. Desde ese día Silvano sería,
para muchos de sus compañeros, el Druida.
No todos sus actos eran tan festivos. Unos días después, el 20 de junio, una de sus compañeras del
Laboratorio Anarchico de Milán, Patrizia Cadeddu, era detenida y acusada de haber llevado dos meses antes al
edificio de Radio Popolare un volante reivindicando una bomba de estruendo que había estallado bajo las
ventanas de la Municipalidad milanesa. La prueba era la filmación de una videocámara ubicada a la entrada de
la radio: las autoridades decían que en esas imágenes confusas Patrizia Cadeddu era “reconocible al 97,83 %”.
Y, gracias al arresto, la Digos —Divisione Investigazioni Generali e Operazioni Speciali, la policía política —
encontró la excusa para cerrar el Laboratorio Anarchico, una casa ocupada en la via De Amicis: el mecanismo
Ros-Marini funcionaba.