todos amigos, habíamos pasado cantidad de cosas. Se notaba que teníamos un proyecto juntos y que nos
hacía muy felices llevarlo adelante”.
Aquella noche les prestaron una pieza, colchones en el suelo y unas mantas viejas. Pero Silvia y
Soledad se quedaron hasta muy tarde en el patio enorme charlando y fumando y bebiendo y cantando con una
docena de personas que no conocían y que las trataban como si las conocieran de siempre. “Nos cayeron
bien, hubo un buen feeling”, dirá Luca Bruno, ocupante del Asilo desde el primer día. “Nosotros teníamos
experiencia en esto de ver aparecer gente por acá; algunos te gustan, otros no. En principio si nos piden
refugio no los rechazamos, pero estamos muy atentos para ver cómo se arman las relaciones. Si se deteriora
rápido la cortamos... Soledad casi no hablaba italiano, pero hablando español no era tan difícil: nos
entendíamos, no era como si llegara un turco, ¿no?”.
Soledad se sentía en su elemento y esos dos días le resultaron fascinantes. Y también fue fascinante
uno de los okupas: Dennis tenía veintiún años y una novia Giorgia con quien justo había discutido en esos
días.
—¿Qué es ese tatuaje? Es genial.
—Nada, un pájaro sagrado, un símbolo de los indios americanos.
—¿Cómo? Contame...
Soledad se sorprendió al ver cómo Dennis se interesaba por sus vagas historias aborígenes. Esa
noche, casi sin darse cuenta, empezó a descubrir que su identidad latinoamericana la individualizaba, la hacía
distinta de las otras. Y, sin proponérselo, empezó a jugar con ella. Soledad pasó su segunda noche con él en
una cama altísima: una plancha de madera instalada a más de dos metros sobre una estructura tubular. Era su
primer romance en italiano y estaba encantada. Aunque se le notara el susto.
—¿Qué, no te gusta la cama? La construí yo. Así me queda más espacio abajo, en el cuarto.
—Sí, está bien. Pero me impresiona un poco la altura, me da miedo.
“En una casa ocupada vive mucha gente y todos tratan de llevarse bien”, dirá Stefano, ex ocupante
del Asilo. “Pero siempre hay subgrupos, gente que tiene más afinidades entre sí, que además de vivir juntos se
hacen amigos. En esa época acá vivíamos tres que hacíamos muchas cosas juntos —Dennis, Marco y yo. Y
enseguida Silvia y Soledad nos cayeron bien a los tres. Nos cayeron simpáticas, nos fascinaba que fueran
argentinas y había un buen feeling cultural: a ellas les parecía bien toda esta cuestión de la autoorganización,
el hecho de ocupar espacios vacíos como éste para darles un uso social y hacer experimentos de vida
autogestionaria sin jefes, sin reglas superiores. Así que nos pasamos esos dos o tres días juntos acá en Turín.
Al final las acompañamos a la estación, porque tenían que volverse a trabajar”. En ese tren, mientras subían
hacia el pueblo de cuentito alpino, Soledad se prometió que pronto volvería a Turín.
Soledad nunca había estado muy feliz en Alpe Devero, pero el contraste con el deslumbramiento del
Asilo terminó de oscurecer esa rutina pava. Igual trató de conformarse: según el arreglo original, todavía les
quedaban varias semanas de posada. El problema —uno de los problemas — era que se aburría bastante. Así
que escribía cartas.
La versión para los padres todavía incluía el reloj cucú: “Acá parece un cuento de hadas, pero
trabajamos bastante”, le escribió Soledad a su familia. “Yo empiezo 8:30 y mi labor específica es la cocina,
estoy aprendiendo a cocinar italiano. También hacemos los cuart os y eso. Después del mediodía es bastante
tranquilo y tenemos 2 o 3 horas libres. Nosotras nos vamos a caminar y hacemos gimnasia todos los días”.
La versión para Sole Vieja era más cruda: “El matrimonio de la posada es buena gente. La minita tiene
32 años pero es súper careta, no careta de faso y todo eso, pero sí de cabeza. De todos modos nos tratan
rebien. Tenemos un cuarto para nosotras, comemos rebien y todo lo que queremos. El marido de ella me hizo la
onda para pegar jash. Pero, ¿sabés qué, má? No me pega. Será porque se mezclan una mínima pelotita de jash
con tabaco, y no me gusta, quiero conseguirme una pipa para fumar sola, pero mientras tanto no tengo ganas
de fumar”.
Dennis y Stefano les habían dicho que irían a visitarlas, pero Soledad sabía que esas cosas se dicen
mucho más que se hacen. Por eso se sorprendió, la semana siguiente, cuando los dos okupas se presentaron
en el pueblo. “Fuimos y acampamos, ellas vinieron a visitarnos a la carpa”, dirá Stefano, ex ocupante del Asilo.
“Había cierta atracción entre nosotros, Soledad con Dennis, yo con Silvia, y eso también jugaba. Pero fue sólo
el motor, la chispa, porque enseguida todo eso se transformó en una amistad; a veces pasa, conocés a una
persona y capaz que dos o tres días te acostás con ella, porque te gusta; después te vas conociendo un poco