afiches de los okupas de Turín; alguien le había prestado un pequeño radiograbador para sus cassettes
argentinos: tenía, por primera vez en mucho tiempo, una casa que casi consideraba propia —si la palabra
propia no hubiera tenido aquel viejo sentido que la molestaba, la idea de ajena a todos los demás: alguna vez
Soledad dijo que su pieza era su pieza propia pero era también de todos, de cualquiera. A veces Andrea dormía
con ella allí; otras, ella se iba a dormir al Barocchio.
“Yo me acuerdo de una chica jovencita jovencita, jovencita e ingenua”, dirá Ita. “Era alegre, íbamos
juntas a bailar a las fiestas del Barocchio, le gustaba divertirse, tomar, como a todos. Era entusiasta, toda
energía, y decía que este lugar le daba buena energía. Muy dulce, pero también muy severa —sobre todo con
ella, un poco rígida”.
“Soledad era muy sociable, simpática, muy buena para hacer masajes de relajación: te daban una
energía muy positiva”, dirá Ibrahim, ex ocupante del Asilo. “Ella cantaba tanto, muchas veces con Maurizio, el
brasilero; hacían unas caipirinhas con la licuadora y cantaban
Aguas de março
, era su hit”.
“Ella llegó ahí y se sintió bien con la gente, se sintió lejos de su familia, libre”, dirá Silvia Gramático.
“Y empezó a leer cosas, libros, revistas, y fue adhiriendo. Estaba como sobresaltada, muy atenta a todo. Pero al
principio la historia no era política, o no tan política. Le importaba más todo eso de la vida con ellos. Aunque a
veces se ponía en una situación peligrosa. Por los curros en los supermercados, en cualquier momento los
podía agarrar la policía. En un supermercado hay tantas cosas que es justo llevarse algunas, pero a mí me
parece que era más bien cosa de chicos. Lo hacían más por hacerlo que por necesidad. Porque además ella era
muy activa, si se ponía a trabajar lo hacía, no era una lumpen”.
El espectro de sus actividades se había ampliado tanto: “Si estoy contra la cárcel no puedo quedarme
en casa, entonces organizamos manifestaciones y escribimos manifiestos y gritamos ante la policía”, le escribió
en esos días a Ezequiel Gramático. “Si estoy en contra del capitalismo no puedo vivir de cierta forma que lo
alimente, no quiero trabajar para nadie que se llene los bolsillos con mi sacrificio, entonces no trabajo y en la
medida que más puedo les saco a ellos la parte que me hace falta, no es robar, es tomar aquello que me
corresponde, más roban ellos a la gente con su sistema mentiroso. El problema es que la gente se deja explotar
y sigue el rebaño. Al menos conmigo que no cuenten, prefiero ser una oveja negra. Así me siento mejor. Te
cuento que esta ciudad es muy decadente, tantas fábricas abandonadas, tan gris. Pero me gusta, también me
gusta entrar a esas fábricas abandonadas donde se encuentra mucho material que nosotros ‘reciclamos’, sobre
todo los cables, que dentro tienen cobre y eso se vende bien, y en casa todo lo que tengo también es
encontrado, no compro nada. Y lo que no se encuentra se autoproduce”.
“Me parece que su presencia acá fue decisiva para su interés por la política”, dirá Stefano, ex
ocupante del Asilo. “Acá se encontró con un grupo de personas que teníamos cierta actividad política pero la
vivíamos también en nuestras vidas cotidianas, nos dábamos la posibilidad de experimentar de inmediato en el
terreno un cierto tipo de vida y, al mismo tiempo, de anudar relaciones humanas verdaderas. Acá, me parece, se
encontró con gente que tenía, en las grandes líneas, ideas parecidas a las suyas pero, a diferencia de lo que
debía pasar en la Argentina, acá esas ideas se podían poner en práctica: ocuparse de la casa,
autogestionarse...”.
La diferencia con la Argentina era central: probablemente no porque Soledad haya tenido, en su país,
esas ideas y no haya sabido cómo ponerlas en práctica; parece, más bien, que lo poco que intentaba poner en
práctica no encontraba las ideas que lo organizaran. La gran novedad de Turín fue, más que el encuentro de
una práctica, el descubrimiento de que todo eso podía corresponder a unas ideas. Y que podía inscribirse en
un marco que superara lo estrecho de la búsqueda individual: que le diera un sentid o general a su
insatisfacción, una compañía a su aislamiento.
“Acá Sole encontró un ambiente de gente con la que compartía ideas, pero también una práctica”, dirá
Stefano. “Pero no una práctica en el sentido de la célula clásica. Esto es una vida, no un discurso. Entre
nosotros la idea es que no haya relaciones de dinero —por lo menos con tus compañeros—, que te
autoorganices para hacer todo tipo de trabajos de manutención o mejoramiento de la casa, que tomes
iniciativas con respecto a presos o perseguidos, conseguir plata para ellos con fiestas o cenas o imprimir un
volante o un folleto o reunirse para discutir y tratar de entender por ejemplo el tema del tren de alta velocidad o
cualquier otro que se plantee. Así cada boludez toma un sentido: si tenés que ponerte a cocinar pero esa cena
la estás preparando para todos, es otra cosa. Y si encima de pronto a esa cena vienen de otras casas ocupadas
para ver cómo hacen para organizar la ayuda a los presos, digamos, por ejemplo, entonces todo toma un
sentido distinto. Es la vida autogestionaria típica de las casas ocupadas. Pero no con la mentalidad de los