Sufrimos impensadamente, porque en el amor está la semilla de nuestro
crecimiento. Cuando más amamos, más cerca estamos de la experiencia
espiritual. Los verdaderos iluminados, con las almas encendidas por el Amor,
vencían todos los prejuicios de la época. Cantaban, reían, rezaban en voz alta,
compartían aquello que San Pablo llamó la «santa locura». Eran alegres,
porque quien ama ha vencido el mundo, y no teme perder nada. El verdadero
amor supone un acto de entrega total.
A orillas del río Piedra me senté y lloré es un libro sobre la importancia
de esta entrega. Pilar y su compañero son personajes ficticios, pero símbolos
de los numerosos conflictos que nos acompañan en la búsqueda de la Otra
Parte. Tarde o temprano tenemos que vencer nuestros miedos, pues el camino
espiritual se hace mediante la experiencia diaria del amor.
El monje Thomas Merton decía: «La vida espiritual consiste en amar. No
se ama porque se quiera hacer el bien, o ayunar, o proteger a alguien. Si
obramos de ese modo, estamos viendo al prójimo como un simple objeto, y nos
estamos viendo a nosotros como personas generosas y sabias. Esto nada
tiene que ver con el amor. Amar es comulgar con el otro, es descubrir en él una
chispa divina.»
Que llanto de Pilar a orillas del río Piedra nos lleve por el camino de esta
comunión.