»Hasta que un hermoso día, «Aquello» se vuelve hacia Bernadette y
dice:
»— Soy la Inmaculada Concepción.
»Satisfecha, la niña va corriendo a contárselo al párroco.
»— No puede ser —dice él—. Nadie puede ser árbol y fruto al mismo
tiempo, hija mía. Ve allí y échale agua bendita.
»Para el cura, sólo Dios puede existir desde el principio, y Dios, como
todo indica, es hombre.
Él hace una larga pausa.
— Bernadette echa agua bendita en «Aquello». La Aparición sonríe con
ternura, nada más.
»El día 16 de julio, la mujer aparece por última vez. Poco después,
Bernadette entra en un convento, sin saber que había cambiado por completo
el destino de aquella pequeña aldea al lado de la gruta. De la fuente sigue
brotando agua, y los milagros se suceden.
»La historia recorre primero Francia, y luego el mundo entero. La ciudad
crece y se transforma. Los comerciantes llegan y empiezan a ocupar el lugar.
Se abren hoteles. Bernadette muere y es enterrada lejos de allí, sin saber nada
de lo que pasa.
»Algunas personas, para poner a la Iglesia en dificultades, ya que a esas
alturas el Vaticano admite las apariciones, comienzan a inventar milagros
falsos, que luego son desenmascarados. La Iglesia reacciona con rigor: a partir
de determinada fecha, sólo acepta como milagros los fenómenos que son
sometidos a una serie de rigurosos exámenes realizados por juntas médicas y
científicas.
»Pero el agua sigue brotando, y continúan los milagros.
Creo oír algo cerca de nosotros. Siento miedo, pero él no se mueve.
Ahora la niebla tiene vida y tiene historia. Me quedo pensando en todo lo que
ha dicho, y en la pregunta cuya respuesta todavía no he entendido: ¿cómo
sabe todo eso?
Me quedo pensando en el rostro femenino de Dios. El hombre que está
a mi lado tiene el alma llena de conflictos. Hace poco me escribió que quería
entrar en un seminario católico; pero cree que Dios tiene un rostro femenino.
Él está inmóvil. Yo sigo sintiéndome en el vientre de la Madre Tierra, sin
tiempo y sin espacio. La historia de Bernadette parece representarse delante
de mis ojos, en la bruma que nos envuelve.
Entonces él vuelve a hablar.
— Bernadette ignoraba dos cosas importantísimas —dice—. La primera
era que, antes de que la religión cristiana llegase aquí, estas montañas estaban
habitadas por celtas, y la Diosa era la principal devoción de esa cultura.