Describió el castillo, los sacerdotes con sus ropas negras y amarillas, la visión
del valle con las hogueras encendidas, el marido pensando cosas que ella
conseguía captar. Wicca escuchó con paciencia, demostrando interés sólo
cuando ella relataba las voces que surgían en la cabeza de Loni. En estos
momentos interrumpía y preguntaba si eran voces masculinas o femeninas
(eran de ambos sexos), si transmitían algún tipo de emoción, como agresividad
o consuelo (no, eran voces impersonales) y si ella podía despertar las voces
siempre que lo deseara (no lo sabía, no tuvo tiempo para esto).
-Okay, podemos irnos -dijo Wicca, retirando la túnica y colocándola otra vez
dentro del bolso. Brida estaba decepcionada, pensó que iba a recibir algún tipo
de elogio. O, como mínimo, una explicación. Pero Wicca se parecía a ciertos
médicos, que se quedan mirando al paciente con aire impersonal, más
interesados en anotar los síntomas que en entender el dolor y el sufrimiento
que esos síntomas causan.
Hicieron un largo viaje de regreso. Cada vez que Brida quería tocar el tema,
Wicca se mostraba interesada en el aumento del costo de vida, en el tránsito
congestionado del final de la tarde y en las dificultades que el administrador de
su edificio estaba creando.
Sólo cuando estuvieron sentadas de nuevo en los dos sillones, Wicca comentó
la experiencia.
-Quiero decirte una cosa -empezó-. No te preocupes en explicar emociones.
Vive todo intensamente, y guarda lo que sentiste como una dádiva de Dios. Si
crees que no vas a conseguir aguantar un mundo donde vivir es más
importante que entender, entonces, desiste de la magia. La mejor manera de
destruir el puente entre lo visible y lo invisible es intentando explicar las
emociones.
Las emociones eran caballos salvajes y Brida sabía que en ningún momento la
razón conseguía dominarlas por completo. Cierta vez tuvo un amor que se
había ido por una razón cualquiera. Brida se quedó en su casa durante meses,
explicándose todo el día a sí misma los centenares de defectos, los millares de
inconvenientes de aquella relación. Pero todas las mañanas al despertarse
pensaba en él, y sabía que si él le telefonease, ella terminaría aceptando el
encuentro.
El perro, en la cocina, ladró. Brida sabía que era un código, la visita había
concluido.
-¡Por favor, ni siquiera conversamos! -imploró ella-. Y necesitaba hacerte por
lo menos dos preguntas.
Wicca se levantó. La chica siempre se las arreglaba para tener preguntas
importantes justo a la hora de salir.
-Quería saber si los sacerdotes que vi realmente existieron.
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