Paulo Coelho
El Peregrino
3
abrieron los brazos y el Maestre, utilizando su poder, hizo que
en torno nuestro se formara una luz extraña, que no iluminaba,
pero que era visible y reflejaba en los cuerpos de las personas
un color diferente del amarillo proyectado por la hoguera. En-
tonces, desenvainando su propia espada, tocó mis hombros y
mi cabeza mientras decía:
—Por el Poder y por el Amor de RAM, yo te nombro Maestre
y Caballero de la Orden, hoy y por el resto de los días de tu vi-
da. R de Rigor, A de Amor, M de Misericordia; R de Regnum, A
de Agnus, M de Mundi.
Cuando toques tu espada, que jamás permanezca durante
mucho tiempo en la vaina porque se oxidará; pero, cuando sal-
ga de la vaina, que jamás vuelva a ella sin antes haber hecho
un Bien, abierto un Camino o bebido la sangre de un Enemigo.
Y con la punta de su espada hirió levemente mi cabeza. A
partir de ese momento ya no era necesario permanecer en si-
lencio; no necesitaba esconder aquello de lo que era capaz ni
ocultar los prodigios que había aprendido a realizar en el cami-
no de la Tradición. A partir de ese momento yo era un Mago.
Extendí la mano para tomar mi nueva espada, de acero in-
destructible y de madera que la tierra no consume, con su em-
puñadura negra y roja y su vaina negra. Empero, en el momen-
to en que mis manos tocaron la vaina y que me disponía a
traerla hacia mí, el Maestre dio un paso al frente y con absoluta
violencia pisó mis dedos, haciéndome gritar de dolor y soltar la
espada.
Lo miré sin entender nada. La luz extraña había desapare-
cido y el rostro del Maestre esta vez tenía la apariencia fantas-
magórica que las llamas de la hoguera le daban.
Me miró fríamente, llamó a mi mujer y le entregó la nueva
espada. Después se volvió hacia mí y dijo:
—Aleja la mano que te engaña! ¡Porque el camino de la
Tradición no es el de unos pocos elegidos, sino el camino de to-
dos los hombres, y el Poder que crees tener no vale nada, por-
que no es un Poder que se comparta con el resto de los hom-
bres! Deberías haber rechazado la espada; si así lo hubieras
hecho te habría sido entregada, porque tu corazón estaba puro.
Pero, como lo temía, en el momento sublime resbalaste y caís-
te, y, por culpa de tu avidez, deberás caminar nuevamente en
busca de tu espada; y por culpa de tu soberbia deberás buscar-
la entre los hombres comunes; y por culpa de tu fascinación