Paulo Coelho
El Peregrino
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por los prodigios tendrás que luchar mucho para conseguir de
nuevo aquello que tan generosamente te habría sido entrega-
do.
Fue como si el mundo hubiese desaparecido bajo mis pies.
Continué arrodillado, atónito, sin querer pensar en nada. Una
vez devuelta mi antigua espada a la tierra no podía tomarla de
nuevo, y una vez que la nueva no me había sido entregada, es-
taba de nuevo como quien comienza en ese instante: sin poder
e indefenso. El día de mi suprema Ordenación Celeste, la vio-
lencia de mi Maestre, al pisar mis dedos, me devolvía al mundo
del Odio y de la Tierra.
El guía apagó la hoguera y mi mujer vino hacia mí y me
ayudó a levantarme. Traía en las manos mí nueva espada, pe-
ro, según las reglas de la Tradición, yo jamás podría tocarla sin
permiso de mi Maestre. Bajamos en silencio entre los matorra-
les, siguiendo la linterna del guía, hasta llegar al pequeño ca-
mino de tierra donde estaban estacionados los coches.
Nadie se despidió de mí. Mi mujer colocó la espada en la
cajuela del auto y encendió el motor. Permanecimos largo rato
en silencio, mientras ella conducía despacio, esquivando los ba-
ches y zanjas del camino.
—No te preocupes —dijo, intentando animarme un poco—.
Estoy segura de que la conseguirás de nuevo.
Le pregunté qué le había dicho el Maestre.
—Me dijo tres cosas. Primero, que él debería haber traído
un abrigo, porque allá arriba hacía más frío del que pensaba.
Segundo, que nada de aquello había sido una sorpresa para él
y que ya había sucedido muchas otras veces, con muchas otras
personas que llegaron hasta donde llegaste. Y tercero, que tu
espada te estaría esperando a una cierta hora, en una cierta fe-
cha, en algún punto de un camino que deberás recorrer. No sé
ni la fecha ni la hora. Sólo me dijo dónde debo esconderla para
que la encuentres.
—Y ¿cuál es ese camino? —pregunté nervioso.
—Ah! Eso no me lo explicó muy bien. Sólo dijo que busca-
ras en el mapa de España una antigua ruta medieval, conocida
como el Extraño Camino de Santiago.
La llegada