Paulo Coelho
El Peregrino
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El inspector de la aduana miró detenidamente la espada
que mi mujer traía y preguntó qué pretendíamos hacer con eso.
Dije que un amigo nuestro iba a valuarla para que la subastá-
ramos. La mentira dio resultado; el inspector nos entregó una
declaración de que habíamos entrado con la espada por el ae-
ropuerto de Barajas, y advirtió que si teníamos problemas para
sacarla del país, bastaba con mostrar ese documento en la
aduana.
Nos dirigimos hacia la alquiladora de autos y confirmamos
las dos reservaciones. Tomamos los boletos y fuimos juntos a
comer algo en el restaurante del aeropuerto, antes de despe-
dimos.
Había pasado una noche de insomnio en el avión, por una
mezcla de miedo a volar y la incertidumbre de lo que pasaría de
ahora en adelante, pero aun así estaba emocionado y despier-
to.
—No te preocupes —dijo ella por enésima vez—. Debes ir a
Francia, y en San Juan Pied-de-Port buscas a Mme. Lawrence.
Ella te pondrá en contacto con alguien que te guiará por el Ca-
mino de Santiago.
—Y tú? —pregunté también por enésima vez, aunque ya
sabía la respuesta.
—Voy adonde tengo que ir, a dejar lo que me fue confiado.
Después me quedo en Madrid unos días y regreso a Brasil. Soy
capaz de ocuparme de nuestros asuntos tan bien como tú.
—Lo sé —respondí, queriendo evitar hablar más del asunto.
Era enorme mi preocupación por los negocios dejados en
Brasil. Aprendí lo necesario sobre el Camino de Santiago en los
quince días posteriores al incidente en Agulhas Negras, pero me
había llevado casi siete meses decidir dejarlo todo y hacer el
viaje. Hasta que cierta mañana mi mujer me dijo que la hora y
la fecha se acercaban, y que si no tomaba una decisión tendría
que olvidar para siempre el camino de la Magia y la Orden de
RAM. Intenté explicarle que el Maestre me había asignado una
tarea imposible; no podía simplemente sacudirme de los hom-
bros la responsabilidad de mi trabajo diario. Se rió y dijo que
estaba dando una disculpa tonta, pues en aquellos siete meses
poco había hecho, además de pasar noches y días preguntán-
dome si debía o no viajar; y, con el gesto más natural del mun-
do, me extendió los dos boletos con la fecha de vuelo ya indi-
cada.