Paulo Coelho
El Peregrino
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de viajar a España había ido a un lugar de peregrinación en
Brasil, Aparecida do Norte; allí había comprado una imagen de
Nuestra Señora Aparecida montada sobre tres veneras. La sa-
qué de la mochila y se la di a Mme. Lawrence.
—Bonito, pero poco práctico —dijo, devolviéndome las ve-
neras—. Pueden romperse durante el camino.
—No se romperán. Voy a dejarlas sobre la tumba del após-
tol.
Mme. Lawrence parecía no tener mucho tiempo para aten-
derme. Me dio un pequeño carnet que me facilitaría el hospeda-
je en los monasterios del Camino; colocó un sello de San Juan
Pied-de-Port para indicar dónde había iniciado el recorrido, y di-
jo que podía irme con la bendición de Dios.
—Pero, ¿dónde está mi guía —pregunté.
—Cuál guía? —respondió, un poco sorprendida. pero tam-
bién con un brillo distinto en los ojos.
Me di cuenta de que me había olvidado de algo muy impor-
tante. En mi afán de llegar y ser atendido pronto, no había pro-
nunciado la Palabra Antigua, una especie de contraseña que
identifica a quienes pertenecen o pertenecieron a las órdenes
de la Tradición. De inmediato corregí mi error y le dije la Pala-
bra.
Mme. Lawrence, en un gesto rápido, arrancó de mis manos
el carnet que me había entregado minutos antes.
—No vas a necesitar esto —dijo, mientras quitaba una pila
de periódicos viejos de encima de una caja de cartón—. Tu ca-
mino y tu descanso dependen de las decisiones de tu guía.
Mme. Lawrence sacó de la caja un sombrero y un manto.
Parecían ropas muy antiguas, pero estaban bien conservadas.
Me pidió que permaneciera de pie en el centro de la sala, y co-
menzó a rezar en silencio. Después colocó el manto en mi es-
palda y el sombrero en mi cabeza. Pude notar que tanto en el
sombrero como en cada hombrera del manto había veneras co-
sidas. Sin parar de rezar, la anciana tomó un cayado de uno de
los rincones del estudio y me hizo tomarlo con la mano dere-
cha. En el cayado amarró una pequeña cantimplora. Allí estaba
yo: debajo, bermudas de mezclilla y camiseta con la leyenda I
Love NY, y encima el traje medieval de los peregrinos a Com-
postela.