Paulo Coelho
El Peregrino
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La anciana se acercó hasta quedar a dos palmos de distan-
cia frente a mí. Entonces, en una especie de trance, colocando
las manos abiertas sobre mi cabeza, dijo:
—Que el Apóstol Santiago te acompañe y te muestre lo úni-
co que necesitas descubrir; que no andes ni muy despacio ni
demasiado aprisa, sino siempre de acuerdo con las Leyes y las
Necesidades del Camino; que obedezcas a aquel que te guiará,
aun cuando te diere una orden homicida, blasfema o insensata.
Debes jurar obediencia total a tu guía.
Juré.
—El Espíritu de los antiguos peregrinos de la Tradición ha
de acompañarte en la jornada. El sombrero te protege del sol y
de los malos pensamientos; el manto te protege de la lluvia y
de las malas palabras; el cayado te protege de los enemigos y
de las malas obras. La bendición de Dios, de Santiago y la vir-
gen María te acompañe todas las noches y todos los días.
Amén.
Dicho esto, volvió a sus maneras habituales: con prisa y
con un cierto mal humor recogió las ropas, las guardó de nuevo
en la caja, devolvió el cayado con la cantimplora al rincón de la
sala, y después de enseñarme las palabras de contraseña me
pidió que me fuera pronto, pues mi guía estaba esperándome a
unos dos kilómetros de San Juan Pied-de-Port.
—Detesta las bandas de música —dijo—. Pero aun a dos ki-
lómetros de distancia debe de estar escuchando: los Pirineos
son una excelente caja de resonancia.
Y sin mayores comentarios, bajó las escaleras y se fue a la
cocina a atormentar un poquito más al muchacho de ojos tris-
tes. Al salir pregunté qué debía hacer con el auto y dijo que le
dejara las llaves, luego vendría alguien por él. Me dirigí a la ca-
juela de éste y tomé la mochila azul, un saco de dormir venía
amarrado a ella; guardé en el rincón más protegido la imagen
de Nuestra Señora Aparecida con las conchas; me la coloqué en
la espalda y fui a darle las llaves a Mme. Lawrence.
—Sal de la ciudad siguiendo esta calle hasta aquella puerta,
allá, al final de las murallas —me dijo—, y cuando llegues a
Santiago de Compostela reza un avemaría por mí. Yo ya recorrí
tantas veces este camino que ya no puedo hacerlo debido a mi
edad; ahora me contento con leer en los ojos de los peregrinos
la emoción que todavía siento. Cuéntale esto a Santiago, y