Paulo Coelho
El Peregrino
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volverse dolorosa, insoportable. Cuando no aguante más, grite
y abra los ojos.
Repita este ejercicio siete días seguidos, siempre a la mis-
ma hora.)
—Hazlo ahora por primera vez —dijo.
Apoyé la cabeza entre las rodillas, respiré hondo y comencé
a relajarme. Mi cuerpo obedeció con docilidad talvez porque
habíamos andado mucho durante el día y debía de estar ex-
hausto. Comencé a escuchar el ruido de la tierra, un ruido sor-
do, ronco, y poco a poco fui transformándome en semilla.
No pensaba. Todo era oscuro y estaba adormecido en el
fondo de la tierra. De repente algo me movió. Era una parte de
mí, una minúscula parte de mí requería despertarme, decía que
debía salir de allí porque había otra cosa "allá arriba". Pensaba
dormir y esta parte insistía. Comenzó por mover mis dedos y
mis dedos fueron moviendo mis brazos —pero no eran dedos ni
brazos, sino un pequeño brote que luchaba por vencer la fuerza
de la tierra y caminar con dirección a ese "algo de allá arriba".
Sentí que el cuerpo comenzó a seguir el movimiento de los bra-
zos. Cada segundo parecía una eternidad, pero la semilla tenía
algo "allá encima" y necesitaba nacer, necesitaba saber qué
era. Con una inmensa dificultad la cabeza, luego el cuerpo, co-
menzaron a levantarse. Todo era demasiado lento y necesitaba
luchar contra la fuerza que me empujaba hacia abajo, con di-
rección al fondo de la tierra, donde antes estaba tranquilo y
durmiendo mi sueño eterno. Pero fui venciendo, venciendo, y
finalmente rompí algo y ya estaba erguido. La fuerza que me
empujaba hacia abajo cesó de pronto. Había perforado la tierra
y estaba cercado por ese "algo de allá arriba".
Ese "algo de allá arriba" era el campo. Sentí el calor del sol,
el zumbido de los mosquitos, el canto de un río que corría a lo
lejos. Me incorporé despacio, con los ojos cerrados y todo el
tiempo pensaba que perdería el equilibrio y volvería a la tierra,
pero mientras continuaba creciendo. Mis brazos fueron abrién-
dose y mi cuerpo estirándose. Allí estaba yo, renaciendo, que-
riendo ser bañado por dentro y por fuera por aquel sol inmenso
que brillaba y me pedía crecer más, estirarme más, para abra-
zarlo con todas mis ramas. Fui tensando cada vez más los bra-
zos, los músculos de todo el cuerpo comenzaron a dolerme y
sentí que medía mil metros de altura y que podía abrazar mu-