Paulo Coelho
El Peregrino
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chas montañas. El cuerpo fue expandiéndose, expandiéndose
hasta que el dolor muscular fue tan intenso que no aguanté
más y di un grito.
Abrí los ojos y Petrus estaba delante de mí, sonriendo y
fumándose un cigarro. La luz del día aún no había desapareci-
do, pero me sorprendió darme cuenta de que no hacía el sol
que había imaginado. Pregunté si quería que le describiera las
sensaciones y respondió que no.
—Esto es algo muy personal y debes guardarlas para ti
mismo. ¿Cómo podría yo juzgarlas? Son tuyas, no mías.
Petrus dijo que dormiríamos allí mismo. Hicimos una pe-
queña fogata, tomamos lo que quedaba en su garrafa de vino y
preparé unos. emparedados con un paté foie—gras que compré
antes de llegar a San Juan. Petrus fue hasta el riachuelo que
corría cerca de nosotros y trajo unos peces, que asó en la foga-
ta. Después nos acostamos en nuestros respectivos sacos de
dormir.
Entre las grandes sensaciones que experimenté en mi vida,
no puedo olvidar aquella primera noche en el Camino de San-
tiago. Hacía frío, a pesar de ser verano, pero aún tenía en la
boca el sabor del vino que Petrus había traído.
Miré al cielo y la Vía Láctea se extendía sobre mí, mostran-
do el inmenso camino que debíamos atravesar. En otro tiempo,
esta inmensidad me habría provocado una enorme angustia, un
miedo terrible de no ser capaz de recorrerla, de ser demasiado
pequeño para lograrlo. Pero hoy era una semilla y había nacido
de nuevo. Había descubierto que, a pesar de la comodidad de
la tierra y del sueño que dormía, era mucho más bella la vida
"allá arriba". Yo podía nacer siempre, cuantas veces quisiera,
hasta que mis brazos fueran lo suficientemente grandes para
poder abrazar la tierra de donde provenía.
El creador y la criatura
Durante seis días caminamos por los Pirineos, subiendo y
bajando montañas, y Petrus me pedía realizar el ejercicio de la
semilla cada vez que los rayos del sol iluminaban apenas los pi-
cos más altos. El tercer día del recorrido, una columna de ce-
mento pintada de amarillo nos indicó que habíamos cruzado la
frontera y, a partir de allí, nuestros pies estaban pisando tierra
española. Poco a poco, Petrus comenzó a platicar algunos deta-