Paulo Coelho
El Peregrino
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crear, y que sabía que para ello era preciso seguir caminando,
siempre caminando. Aun cuando a veces un gran terremoto o
una tempestad asesina me provocaran la sensación de que la
naturaleza era cruel, me di cuenta de que éstas eran las vicisi-
tudes del camino. También la naturaleza viajaba en busca de la
iluminación.
—Estoy muy contento de estar aquí – dijo Petrus—, porque
el trabajo que dejé de hacer ya no importa, y los trabajos que
realizaré después de esto serán mucho mejores.
Cuando leí la obra de Carlos Castañeda, deseé mucho en-
contrar al anciano brujo indio, Don Juan. Al ver a Petrus miran-
do las montañas, me pareció estar con alguien muy parecido.
La tarde del séptimo día llegamos a lo alto de un monte,
luego de atravesar un bosque de pinos. Allí Carlomagno oró por
primera vez en suelo español y, debido a esto, un monumento
antiguo pedía en latín que todos rezasen un Salve Regina. No-
sotros hicimos lo que el monumento pedía. Después, Petrus se
encargó de que hiciera el ejercicio de la semilla por última vez.
Corría mucho viento y hacía frío. Argumenté que todavía
era temprano —debían de ser, cuando mucho, las tres de la
tarde—, pero me respondió que no discutiera e hiciera exacta-
mente lo que mandaba.
Me arrodillé en el suelo y comencé el ejercicio. Todo trans-
currió normal hasta el momento en que extendí mis brazos y
comencé a imaginar el sol. Cuando llegué a ese punto, con el
sol gigantesco brillando frente a mí, sentí que estaba entrando
en un maravilloso éxtasis. Mis recuerdos de hombre comenza-
ron a borrarse lentamente y ya no estaba realizando un ejerci-
cio, me había convertido en árbol. Estaba feliz y contento por
eso. El sol brillaba y giraba sobre sí mismo —lo que nunca an-
tes había ocurrido—. Permanecí allí, con las ramas extendidas,
las hojas sacudidas por el viento, sin querer cambiar de posi-
ción nunca más, hasta que algo me tocó y todo se oscureció
por una fracción de segundo.
Abrí de inmediato los ojos. Petrus me había dado una bofe-
tada y me tenía agarrado de los hombros.
—No te olvides de tus objetivos! —dijo furioso—. No olvi-
des que todavía tienes mucho que aprender antes de encontrar
la espada!
Me senté en el suelo, temblando a causa del viento helado.