Paulo Coelho
El Peregrino
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—Sucede siempre? —pregunté.
siempre —dijo—. Principalmente con las personas como tú,
que se fascinan ante los detalles y se olvidan de lo que buscan.
Petrus sacó un suéter de la mochila y se lo puso. Yo me pu-
se la camiseta que me sobraba encima de la que decía I Love
NY —jamás se me habría ocurrido que en un verano que los
diarios calificaron como "el más caluroso de la década" pudiera
hacer tanto frío—. Las dos camisetas ayudaron a cortar el vien-
to, pero le pedí a Petrus que camináramos más aprisa para que
pudiese calentarme. Ahora el camino era una bajada muy fácil.
Creí que si sentíamos tanto frío era porque nos habíamos ali-
mentado muy frugalmente, comiendo sólo pescado y frutas sil-
vestres. Petrus dijo que no, y explicó que el frío era porque
habíamos llegado al punto más alto del trayecto en las monta-
ñas.
No habíamos andado más de quinientos metros cuando,
tras bordear una curva del camino, el mundo cambió de repen-
te. Una gigantesca planicie ondulada se extendía ante nosotros,
a la izquierda, en el camino de bajada, a menos de doscientos
metros de nosotros, un lindo pueblecito con sus humeantes
chimeneas nos esperaba.
Comencé a caminar más rápido, pero Petrus me detuvo.
—Creo que es el mejor momento de enseñarte la Segunda
Práctica de RAM —dijo, sentándose en el suelo e indicándome
que hiciera lo mismo.
Me senté de mala gana. La vista del pueblecito con sus
chimeneas humeantes me había perturbado bastante. De re-
pente me di cuenta de que llevábamos una semana entre los
matorrales, sin ver a nadie, durmiendo a la intemperie y cami-
nando todo el día. Se acabaron mis cigarrillos y me vi obligado
a fumar el horrible tabaco enrollado que Petrus usaba. Dormir
dentro de un saco y comer pescado desabrido me gustaba mu-
cho cuando tenía veinte años, pero allí, en el Camino de San-
tiago, era algo que exigía mucha resignación de mi parte.
Esperé impaciente a que Petrus acabara de preparar y fu-
mar su cigarro en silencio, mientras soñaba con el calor de un
vaso de vino en el bar que podía ver a menos de cinco minutos
de caminata.
Petrus, bien abrigado con su suéter, permanecía tranquilo y
miraba distraídamente la inmensa planicie.