Paulo Coelho
El Peregrino
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rencia directa en territorios que llegaban hasta la frontera con
Navarra, y aún conservaba estas características: sus pocos edi-
ficios integraban un colegiado de religiosos. La única construc-
ción de características "laicas" era la taberna donde nos había-
mos hospedado.
Caminamos entre la neblina y entramos en la iglesia cole-
gial. Dentro, vestidos con casullas blancas, varios sacerdotes
daban, conjuntamente, la primera misa de la mañana. Noté
que era incapaz de entender una sola palabra, pues estaban
oficiando en vasco. Petrus se sentó en uno de los bancos más
alejados y pidió que me quedara junto a él.
La iglesia era inmensa, llena de obras de arte de valor in-
calculable. Petrus me explicó en voz baja que fue construida
con donaciones de reyes y reinas de Portugal, España, Francia
y Alemania, en un sitio previamente marcado por el emperador
Carlomagno. En el altar mayor, la virgen de Roncesvalles —en
plata maciza y con rostro de madera preciosa— tenía en sus
manos un ramo de flores confeccionado en pedrería. El olor del
incienso, la construcción gótica, los sacerdotes vestidos de
blanco y sus cánticos comenzaron a llevarme a un estado muy
semejante a los trances que experimentaba durante los rituales
de la Tradición.
—Y el brujo? —pregunté, acordándome de quien me había
hablado la tarde anterior.
Petrus señaló con la cabeza a un cura de mediana edad,
delgado y con anteojos, sentado junto a otros monjes en los
largos bancos que flanqueaban el altar mayor. ¡Un brujo que
era al mismo tiempo sacerdote! Deseé que acabara pronto la
misa, pero, como Petrus me había dicho el día anterior, somos
nosotros los que determinamos el ritmo del tiempo: mi ansie-
dad hizo que la ceremonia religiosa demorara más de una hora.
Cuando la misa acabó, Petrus me dejó solo en el banco y se
retiró por la puerta por donde salieron los sacerdotes. Me que-
dé algún tiempo mirando la iglesia, sintiendo que debía hacer
algún tipo de oración, pero no logré concentrarme en nada. Las
imágenes parecían distantes, atrapadas en un pasado que no
volvería más, como jamás volvería la época de oro del Camino
de Santiago.
Petrus apareció en la puerta y, sin mediar palabra, me indi-
có que lo siguiera.