Paulo Coelho
El Peregrino
27
Llegamos a un jardín interior del convento, cercado por una
baranda de piedra. En el centro del jardín había una fuente y,
sentado en su borde, nos esperaba el cura de lentes.
—Padre Jorge, éste es el peregrino —me presentó Petrus—.
El sacerdote me tendió la mano y lo saludé. Ninguno dijo
nada. Me quedé esperando que sucediera alguna cosa, pero só-
lo escuché a los gallos cantando a lo lejos y gavilanes saliendo
en busca de la caza diaria. El sacerdote me miraba inexpresi-
vamente, con una mirada muy parecida a la de Mme. Lawrence
después de que dije la Palabra Antigua.
Por fin, después de un largo y pesado silencio, el padre Jor-
ge habló:
—Al parecer subiste los escalones de la Tradición demasia-
do pronto, amigo.
Respondí que ya tenía 38 años y que había realizado con
éxito todas las ordalías (Las ordalías son pruebas rituales en las
que no sólo entra en juego la dedicación del discípulo, sino los
presagios suscitados durante su ejecución..)
—Menos una, la última y la más importante —dijo, mirán-
dome aún inexpresivamente—. Sin la cual todo lo que aprendis-
te no significa nada.
—Por eso estoy recorriendo el Camino de Santiago.
—Que no es garantía de nada. Ven conmigo.
Petrus permaneció en el jardín y yo seguí al padre Jorge.
Cruzamos los claustros, pasamos por el sitio en que estaba en-
terrado un rey —Sancho el Fuerte— y llegamos hasta una capi-
llita, retirada del grupo de edificios principales que conforma-
ban el monasterio de Roncesvalles.
Adentro no había casi nada, apenas una mesa, un libro y
una espada, pero no era la mía.
El padre Jorge se sentó tras la mesa y me dejó de pie. Des-
pués cogió algunas hierbas, con las que atizó el fuego; el am-
biente se llenó de perfume. La situación me recordaba cada vez
más el encuentro con Mme. Lawrence.
—Antes que nada voy a advertirte algo —dijo el padre Jor-
ge—. La Ruta Jacobea es sólo uno de los cuatro caminos. Es el
Camino de la Espada. Puede traerte poder, pero esto no es su-
ficiente.
—Cuáles son los otros tres?