Paulo Coelho
El Peregrino
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—Por lo menos conoces dos: el Camino de Jerusalén, que
es el camino de Copas o del Grial, y te traerá la capacidad de
hacer milagros; y el Camino de Roma, el camino de Bastos, que
te permite la comunicación con los otros mundos.
—Falta el camino de Oros para completar los cuatro naipes
de la baraja —dije bromeando y el padre Jorge se rió.
—Exactamente. Ése es el camino secreto, que si atraviesas
algún día, no podrás contárselo a nadie. Por ahora vamos a de-
jar esto de lado. ¿Dónde están tus veneras?
Abrí la mochila y saqué las conchas con la imagen de Nues-
tra Señora Aparecida. Las colocó sobre la mesa, extendió las
manos sobre ellas y comenzó a concentrarse. Me pidió que
hiciera lo mismo. El perfume en el aire era cada vez más inten-
so. Tanto el padre como yo teníamos los ojos abiertos y de re-
pente pude percibir que estaba sucediendo el mismo fenómeno
que había visto en Itatiaia: las conchas brillaban con la luz que
no ilumina. El brillo fue cada vez más intenso y oí una voz mis-
teriosa, que salía de la garganta del padre Jorge, diciendo:
—Donde estuviere tu tesoro, allí estará tu corazón.
Era una frase de la Biblia; pero la voz continuó:
—Y donde estuviere tu corazón, allí estará la cuna de la Se-
gunda Venida de Cristo; como estas conchas, el peregrino en la
Ruta Jacobea es sólo la cáscara. Al romperse la cáscara, que es
vida, aparece la Vida, hecha de Ágape.
Retiró las manos y las conchas dejaron de brillar. Después
escribió mi nombre en el libro que estaba sobre la mesa. En to-
do el Camino de Santiago sólo vi tres libros donde fue escrito
mi nombre: el de Mme. Lawrence, el del padre Jorge y el libro
del Poder, donde más tarde yo mismo escribiría mi nombre.
—Se acabó —dijo—. Puedes irte con la bendición de la vir-
gen de Roncesvalles a Santiago de la Espada.
—La Ruta Jacobea está marcada con puntos amarillos, pin-
tados por toda España —dijo el padre, cuando volvíamos al lu-
gar donde se quedó Petrus. Si en algún momento te perdieras,
busca esas marcas —en los árboles, en las piedras, en los seña-
lamientos— y podrás encontrar un lugar seguro.
—Tengo un buen guía.
—Pero procura contar principalmente contigo mismo, para
no pasar seis días yendo y viniendo por los Pirineos.
¡Quiere decir que el padre ya sabía la historia!